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Diffa o el fin del mundo

Decenas de miles de desplazados del conflicto de Boko Haram se instalan en Níger y comparten escasez con sus vecinos

Un niño desplazado por el conflicto de Boko Haram frente a los abrigos que utilizan como casas en Diffa.

Un niño desplazado por el conflicto de Boko Haram frente a los abrigos que utilizan como casas en Diffa. J.N.

Diffa es un poco como el fin del mundo. Hay días en los que el viento sopla y una pesada bruma de arena se posa sobre las casas de barro y hay que protegerse los ojos y la boca reseca. La ciudad entera se esconde donde puede, tras los sólidos muros o al socaire de las frágiles paredes de cañizo. Otros días, sin embargo, el sol manda y se abre paso y al mediodía es como si las sombras se hubieran esfumado a otros andurriales, dejando al paisanaje sin refugio ni respiro. Sólo unos pocos árboles, exiguos pero firmes, ofrecen una tregua al sofocante calor.

Este fin del mundo, que debe haber otros, está al fondo de un país llamado Níger. No deja de ser irónico que este inmenso secarral lleve el nombre de un río porque desde Niamey, la capital, hasta este inhóspito paraje el viajero no ve ni una gota de agua. Hambre y miseria sí, toda la que uno o una esté dispuesto a soportar. En Madaoua, un verano sí y otro también, los niños se mueren como moscas de malnutrición y diarreas y en Maradí las mujeres se pasan la vida dando a luz criaturas que no saben si llegarán a caminar algún día.

Los lugareños se cansaron, hace tiempo ya, de clavar estacas unidas con una especie de mallas vegetales para intentar frenar la tierra, que vuela a puñados con cada bufido del desierto, y de excavar maretas en la piedra para tratar de retener el agua, la poca que cae en ese tiempo que llaman la estación húmeda porque las cosas se bautizan un día y venga usted luego a cambiarlo. Hartos están ya de tanto trajín para nada, que bastante tienen ellos con desandar kilómetros de nada pastoreando sus rebaños de vacas famélicas olisqueando el petricor de una lluvia que dicen que salpicó lejos, donde la vista no alcanza.

No siempre fue así. Que va. En Diffa, al fondo a la derecha, aún se intuye la fecunda presencia de un mar de agua dulce al que llaman Lago Chad, quizás la última y amenazada charca que queda de aquel paraíso de verdor y jirafas, elefantes, leones y antílopes que hoy es el desierto del Sahara, una tierra fértil bañada por cursos de agua que un día cruzaron tus antepasados y los míos en busca de nuevos mundos, lo mismito que esos a los que hoy llamamos inmigrantes y a quienes plantamos vallas con cuchillas en las narices, que esto es una guerra por si no se han enterado.

Sobre una vieja mesa de madera de la que gotea la sangre, Balas Fatah despieza un cordero que debió morir de viejo. Procede de Assaga, en la vecina Nigeria, pero un día tuvo que salir corriendo con lo puesto porque llegaron con sus motos y su ruido y su jaleo y sus ganas de muertos los locos de Dios, esos chicos a quienes pusieron en sus manos un kalashnikov y en su bolsillo unas cuantas nairas y se convirtieron, por la vía de la desesperanza, en muyahidines al servicio de Alá y de Aboubakar Shekau, ese sanguinario terrorista que ha muerto ya cinco veces y que está más vivo que nunca. Boko Haram, Boko Haram, repite Balas Fatah, carnicero de Assaga que perdió su casa y su hacienda pero no la destreza con el cuchillo.

Hoy vive en Níger, en esta carretera que atraviesa como una saeta de oeste a este el país y que desemboca en Diffa y más allá, en lo que queda del viejo lago. Junto a otros miles que, como ellos, tuvieron que marchar se ha instalado con su familia en un páramo salpicado de árboles espinosos de ramas mutiladas porque los recién llegados con algo tienen que hacer fuego para calentarse en las noches frías o que construir precarios abrigos de palo y raídas telas en los que dormir, que ni mantas en condiciones pudieron cargar en su huida. Cada mañana, los niños se asoman al sol para abrazarse a un calor que reponga sus ánimos y alivie sus males. "Enfermos, están todos enfermos", dice Aissa Alhadji Ram, que teje soportes de palma que luego trata de vender en el mercado con tanto afán como escasa fortuna.

En medio de la desolación, que en el huerto de Ari Koutalé florezcan las papas y las cebollas es casi como un milagro. Él también escapó, como todos, como los 4 millones y medio de personas desplazadas de sus hogares por este conflicto del noreste de Nigeria que llega con sordina a Occidente, que no despierta pasiones ni encendidos debates, pero que mata y destroza y siembra el caos como la peor de las guerras. Diffa ha triplicado su población a fuerza de gente que huye, que se instala en el borde de la carretera pero también en el patio trasero de las casas de otra gente que les acoge, porque entre las rendijas de este fin del mundo a rebosar de miedos y resignación también emergen, como las papas de Koutalé, destellos de aquello que nos hace grandes.

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