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Cambio de ciclo político en Alemania

Adiós a Angela Merkel, la cancillera de las crisis

El final de su liderazgo augura una mayor inestabilidad política en Alemania y abre dudas sobre el papel de Berlín en el tablero internacional

La cancillera Angela Merkel.

La cancillera Angela Merkel.

Es el fin de una época para Alemania, para Europa y también para el resto del mundo. Las elecciones alemanas de este domingo suponen el cierre de la cuarta y última legislatura de Angela Merkel al frente del país más rico y poblado de la Unión Europea. Esta conservadora germano-oriental, que llegó contra pronóstico a lo más alto de la política mundial, se va tras 16 años y después de haber enfrentado las más diversas crisis.

Como cancillera interina todavía tendrá que atender las difíciles negociaciones que esperan a los partidos alemanes para formar un gobierno de coalición – salvo sorpresa, tripartito – y elegir un canciller que la suceda en la jefatura de Gobierno. La ‘era Merkel’ llega a su fin entre alabanzas y críticas, entre luces y sombras, y, sobre todo, con la sensación de que, sin ella, Alemania se enfrenta un periodo de mayor incertidumbre.

Quienes han seguido la biografía de Merkel coinciden en que su carrera política ha estado marcada por las crisis. Un repaso a los últimos 16 años revela al menos cuatro: la crisis de deuda y del euro, iniciada en 2007-2008; la llamada “crisis migratoria” del 2015, el referéndum del Brexit en el 2016 y, por último, la llegada de la pandemia, cuyas consecuencias siguen sin estar resueltas.

La primera crisis, que llevó al euro al borde del precipicio, proyectó la imagen más antipática y negativa de la cancillera. Después de años de crecimiento de la burbuja inmobiliaria en la periferia de la UE, propulsada por las inyecciones de capital de la banca centroeuropea, el Gobierno de Merkel –con su entonces ministro de Finanzas, Wolfgang Schäuble, como escudero– ofreció un discurso inflexible de austeridad y recortes. “El sur de Europa ha vivido por encima de sus posibilidades”, fue una frase recurrente por aquellos días en Berlín. Y "la banca alemana ha prestado dinero por encima de las suyas”, respondían los detractores de la ortodoxia económica germana.

“Lo lograremos”

Esa imagen internacional de líder inflexible cambió con la llegada de cientos de miles de refugiados procedentes de Siria y otros países de Oriente Próximo a partir del verano del 2015. “Wir schaffen das” (“Lo lograremos”), dijo en aquel momento Merkel para defender su decisión de no cerrar las fronteras y dejar entrar al país a personas que huían de la desolación y la guerra. Crecida en la desaparecida RDA, Merkel vivió en primera persona cómo miles de conciudadanos de aquella otra república alemana se convertían en refugiados antes y después de la caída del Muro de Berlín.

Su pasado germano-oriental seguro que jugó un papel importante en esa decisión histórica. Una decisión que también contribuyó a ampliar un espacio político que ya había surgido a la derecha de la unión conservadora de la CDU-CSU antes de la crisis migratoria. Lo ocupó la ultraderecha de Alternativa para Alemania (AfD), fundada como fuerza euroescéptica en 2013 sobre los rescoldos de la crisis de deuda, que capitalizó electoramente el descontento de algunos sectores de la ciudadanía alemana con la política migratoria de Merkel.

AfD acabó entrando en 2017 en el Bundestag como tercer partido más votado del país. Por primera vez en la historia de la República Federal, se abría un espacio electoral sólido a la derecha de la CDU-CSU, un problema que heredará el sucesor de Merkel y que contraviene una máxima histórica del conservadurismo alemán: “No puede haber ningún partido legitimado democráticamente a la derecha a la CSU”, como dijo en la década de los ochenta Franz Josef Strauss, padre de los socialcristianos bávaros.

Consolidación ultra

Esa consolidación de AfD también ha contribuido a alimentar la crisis del conservadurismo germano que Merkel dejará sin resolver. Su partido, con graves tensiones internas, obtendrá muy probablemente su peor resultado histórico este domingo. “La crisis de los refugiados se tornó en un problema interno y personal, a lo que se suma el cansancio que sienten muchos electores y la falta de oportunidades que perciben muchos otros, sobre todo en el este de Alemania. No habría que olvidar que el crecimiento de la ultraderecha es anterior a la llegada de los refugiados”, dice a El Periódico de Catalunya la periodista Christina Mendoza Weber, coautora de la biografía 'Angela Merkel. La física del poder'.

“Le faltó un mensaje contundente contra la ultraderecha”, continúa Mendoza. “Siempre fue muy silenciosa. Digamos que aplicó contra ella la misma metodología que aplicó con el resto de los temas: dejar que las cosas fluyeran”. Como apunta el doctor emérito en Ciencias Políticas de la Universidad Humboldt de Berlín, el ‘método Merkel’ se ha basado en esperar al máximo para tener la mayor información posible antes de tomar una decisión. Cuando Merkel quiso contrarrestar dialécticamente a la ultraderecha, ya era demasiado tarde.

Sucesión irresuelta

Incluso buena parte de sus enemigos políticos reconocen las virtudes de Merkel en su forma de gobernar: la búsqueda del consenso, la capacidad de escuchar, su incansable ética del trabajo y la voluntad para tejer acuerdos. La ola de alabanzas que están acompañando su adiós político tapan, sin embargo, los defectos que han lastrado su liderazgo y su herencia política.

“Para mí, su principal debilidad es no haber sabido construir un partido que pueda sobrevivirla”, dice el doctor en comunicación política Franco Delle Donne. “Ello implica no haber encontrado un sucesor o una sucesora que asegure una continuidad a esa forma de hacer política que le ha permitido construir poder dentro y fuera de Alemania. Ahora no sabemos hacia dónde va la CDU. Y menos si pierde las elecciones”, opina el analista y coproductor del podcast 'El Fin de la era Merkel'.

La apuesta personal de la cancillera fue la ya expresidenta de la CDU, Annegret Kramp-Karrenbauer, conocida popularmente como AKK. La llamada “crisis de Turingia” –que supuso la ruptura temporal del cordón sanitario tras colaboración entre la CDU y AfD en ese estado del este del país– supuso la muerte política de AKK. La elección de Armin Laschet como su sucesor y candidato democristiano a canciller fue una solución de emergencia que deja demasiadas dudas.

Aunque también hay voces que ven en su adiós una oportunidad para relanzar reformas olvidadas durante los últimos 16 años, desde la digitalización al combate contra la precariedad laboral, la Alemania post Merkel estará inevitablemente marcada por la fragmentación parlamentaria y la dificultad para armar coaliciones de gobierno estables, una de las obsesiones de la cancillera saliente.

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