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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Ucrania

Holodomor, el Holocausto silenciado

Entre 1929 y 1933, Stalin mató de hambre a varios millones de campesinos ucranianos al considerarlos opuestos a la colectivización

Foto tomada en secreto por Alexander Wienerberger en Járkov.

Una década antes de los campos de exterminio nazis, entre 1929 y 1933, Europa vivió en Ucrania otro brutal genocidio, el segundo del siglo, ya que estuvo precedido por el de los armenios a manos de los turcos. La historiografía sostiene mayoritariamente que la hambruna fue provocada “deliberada y conscientemente” por Stalin, quien había decretado, en diciembre de 1929, la liquidación como clase de los kulaks, los 'tacaños', que era como llamaban los comunistas a los propietarios de tierras. El genocidio se conoce como Holodomor, "matar de hambre", y se recuerda con monumentos por toda Ucrania, como en la hoy castigada Kiev. Algunos historiadores niegan que se tratase de un genocidio, y achacan lo ocurrido a la sequía y los desajustes de la colectivización.

Para sobrevivir, algunos campesinos recurrieron al canibalismo, incluso devorando a sus propios hijos. Según el profesor de Yale Timothy Snyder, autor de 'Tierras de sangre' (Galaxia Gutenberg, 2011), no era raro encontrar a madres muertas de inanición mientras daban de mamar a su bebés, aún vivos. Los ucranianos tenían una expresión para definirlo: "Los brotes de la primavera socialista".

Se habla de entre tres millones y medio (Snyder) y cinco millones (Conquest, 'Cosecha amarga') de víctimas, aunque hay quien las eleva a siete e incluso diez millones, incluyendo los muertos en el Cáucaso norte y Kazajstán. Un periodista galés, Gareth Jones, intentó denunciar que los campesinos ucranianos morían de hambre por millones en lo que era –y aún es– el granero de Europa. Pero se encontró con un muro de silencio entre los medios occidentales, tal como refleja el film “Mr. Jones”, de la polaca Agnieszka Holland. La intelectualidad mantenía aún su idilio con el régimen soviético, en el que cifraban todas sus esperanzas en un mundo mejor.

Otra de las fotografías de Alexander Wienerberger.

A finales de 1927, las entregas de productos agrícolas se desplomaron por una mezcla de sequía y mala organización. La situación fue aún peor en 1928. A los desajustes causados por la colectivización, se sumó el deseo de venganza de Stalin respecto a la población ucraniana, que no se había adherido a la revolución e incluso la había combatido en las filas de los ejércitos nacionalistas, las tropas “verdes” campesinas o las bandas anarquistas de Néstor Makhno.

En 1928 –el año en que se dice que Stalin entró en guerra contra su propio pueblo–, el secretario general del PCUS lanzó el plan quinquenal, el gran salto hacia la industrialización, que se pagó con el grano ucraniano y el trabajo esclavo de millones de encarcelados en el gulag, en su mayoría campesinos. En 1930, las bandas de la GPU –la policía política heredera de la checa– recorrieron las granjas ucranianas llevándose el grano y el trigo, y dejando a los campesinos sin ni siquiera las semillas. Los animales desaparecieron, requisados o sacrificados. Hambreada, la población campesina volvió a las ciudades, pero no para vender sus productos, sino para pedir limosna, hasta que morían en la calle. Se les prohibió abandonar sus pueblos, o salir de Ucrania, que se convirtió en una gran campo de muerte. Snyder cuenta cómo en un orfanato se encontró a un grupo de niños devorando a otro aún vivo, y cómo éste se arrancaba hebras de carne de su propio vientre para comerlas.

Siguiendo el testimonio de Jones, Snyder cuenta que en Járkov, hoy asediada por los rusos, llegaban a apelotonarse hasta 40.000 personas en busca del escaso pan que repartían las autoridades. Jones relata que se encontró a un campesino que había comprado un trozo de pan para su familia, pero se lo había sido confiscado la policía. En las estaciones, las campesinas trataban de entregar a los viajeros a niños como “embriones sacados de frascos de alcohol”, en palabras del escritor Arthur Koestler.

Hay varios libros que cuentan aquel horror en primera persona: Miron Dolot ('Los hambrientos'), Vasili Grossman ('Todo fluye') o Vassil Barka ('El príncipe amarillo'). Anne Appelbaum (“Hambruna roja”, 2019) ha actualizado los datos sobre aquella pesadilla.

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