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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Derechos humanos

Muere uno de los últimos represores de la dictadura argentina repudiado por su hija

El exjerarca Miguel Etchecolatz cumplía en la cárcel nueve condenas a prisión perpetua por delitos de lesa humanidad

El represor argentino Miguel Etchecolatz, durante el juicio por crímenes de lesa humanidad.

La profunda crisis política y económica que atraviesa la Argentina, entre la escalada del dólar y las peleas y frágiles treguas entre el presidente Alberto Fernández y su vicepresidenta y mentora, Cristina Fernández de Kirchner, ha relegado a un plano casi irrelevante dos acontecimientos relacionados con el pasado trágico. De un lado, la muerte del excomisario de la policía bonaerense Miguel Etchecolatz, uno de los más salvajes represores durante la última dictadura militar (1976-83).

A la vez, un tribunal federal condenó a cadena perpetua cuatro oficiales del Ejército involucrados en los llamados vuelos de la muerte que despegaron desde la guarnición de Campo de Mayo, donde funcionó uno de los principales centros clandestinos de detención en aquellos años de espanto.

Uno de esos condenados fue, nuevamente, el excomandante de Institutos Militares, Santiago Omar Riveros, una figura equiparable a la de Etchecolatz por su papel en el terrorismo de Estado que, según cifras oficiales, provocó la desaparición de unas 9.000 personas, cifra que los organismos defensores de derechos humanos triplican.

Sin ápice de arrepentimiento

Hubo un tiempo en el que el nombre de Etchecolatz provocaba miedo. Falleció a los 93 años, el pasado sábado, mientras cumplía en una celda común su condena a prisión perpetua derivada de los nueve juicios en los que se le declaró culpable. El chacal de la policía era en rigor el ejecutor en la principal provincia argentina de las órdenes del coronel Ramón Camps, designado por el Ejército como jefe de esa fuerza de seguridad. Camps se jactó en público de haber matado unos 5.000 argentinos. A diferencia de su subalterno, murió sin haber recibido condenas. Al igual que su jefe, Etchecolaz nunca se arrepintió de lo que había hecho.

El exjerarca policial pudo ser sentenciado por primera vez en 2006 gracias al testimonio del albañil Julio López, un ex prisionero bajo la dictadura, quien lo retrató como un verdadero señor de la vida y la muerte en los campos de concentración bonaerenses. Poco después, López fue secuestrado. Nunca se encontró su cuerpo. Detrás de su muerte se vio la mano de Etchecolatz y la osadía de desafiar a a la misma democracia desde la cárcel. El represor falleció sin revelar no solo qué había pasado con el albañil sino con todas sus víctimas.

Una hija que se cambia el apellido

El caso Etchecolatz tiene otras implicaciones que se adentran en el corazón de las tinieblas de aquella Argentina. Su hija biológica lo repudió como padre y se cambió el apellido. El gesto de Mariana Dopazo fue replicado por hijas e hijos de otros represores que fundaron el colectivo Historias desobedientes justo cuando, cinco años atrás, el Tribunal Supremo estuvo a punto de beneficiar a los condenados por delitos de lesa humanidad con la prisión domiciliaria. Dopazo salió a la calle aquel 2017, al igual que una multitud que frenó esa iniciativa.

A día de hoy, la docente universitaria volvió a explicar cómo cortó amarras con una filiación perturbadora. "Crear una vida propia, a las sombras de mi progenitor, uno de los genocidas más siniestros de nuestra historia, fue muy difícil. Siempre rodeados de armas, acompañados de custodia policial y metidos en una burbuja. Mi madre hacía lo que podía, amenazada frecuentemente por él: Si te vas, te pego un tiro a vos y a los chicos”.

Arrastra desde la infancia uno de los recuerdos más atroces: "Cada vez que él volvía, nos encerrábamos a rezar en el armario con mi hermano Juan, para pedir que se muriera en el viaje. Sí, eso sentíamos". Dopazo se enfrentó tempranamente con él, al punto de que en su familia la llamaron "estrellita roja". A la vista de Juan, "era una zurdita", pero quizá se trató más de una hija asqueada que pagó caro su desobediencia. "Era cruel, castigaba muy fuerte". Escuchaba sus pasos y temblaba. Olía su perfume y se estremecía de miedo. "Siempre fue una persona sin bondad, impenetrable", rememora.

"No es un viejito enfermo"

A los 15 años abandonó su casa para tratar de no verlo nunca más. Se graduó como psicoanalista, acaso para tratar de comprenderse mejor. Etchecolatz ya estaba en la cárcel cuando su la hija que le repudió se presentó en un juzgado para pedir el cambio de apellido y suplantarlo por el de su abuelo materno. Lo primero que hizo cuando tuvo sentencia favorable fue ir a la Plaza de Mayo, frente a la sede presidencial, a marchar con las madres de los desaparecidos.

A lo largo de estos años se opuso con vehemencia a la posibilidad de que el padre repudiado abandonara la prisión. "Nadie puede venderme el discurso de la reconciliación, ni el cuento del viejito enfermo que merece irse a su casa. Quienes conocemos su mirada, sabemos de qué se trata. Hay centenares de genocidas con prisión domiciliaria, pero él nos hace hervir la sangre porque representa lo peor de esa época, tras haber sido la cabeza de 21 centros clandestinos y no haberse arrepentido ni un milímetro de sus acciones", dice Dopazo. Cuando se enteró de su fallecimiento no hizo más que repetir lo que supo de muy pequeña: "Era infame".

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