Después de vetar el viernes pasado la llegada de ayuda humanitaria hacia el noroeste de Siria a través de TurquíaRusia ha aceptado este martes que esta asistencia siga llegando a las zonas opositoras del país árabe.

Esta ayuda funciona a través de la coordinación de Naciones Unidas. Allí, en el Consejo de Seguridad de esta institución, Rusia tiene poder de veto, junto con China, Estados Unidos, Francia y el Reino Unido. Esta asistencia durará seis meses y, en enero, se tendrá que renovar otra vez en el Consejo de Seguridad.

“El asunto que estamos tratando es de vida o muerte. Y trágicamente mucha gente puede morir por la sinvergüencería del país que ha aplicado su veto”, dijo el viernes la embajadora estadounidense a la ONU, Linda Thomas-Greenfield. Durante el veto ruso, la tensión fue palpable en el Consejo de Seguridad: incluso China, que apoya a Rusia en su política en Siria, dejó sola a Moscú en su veto. Este martes, sin embargo, se ha llegado al acuerdo.

Una situación desesperada

En el noroeste de Siria viven en la actualidad cerca de 4,5 millones de personas, la gran mayoría de los cuales son desplazados de guerra. Un 90% de ellos sobrevive gracias a la ayuda que llega desde el exterior; cerca de dos millones subsisten solamente gracias a ella. 

Cada año, Rusia amenaza con cerrar el paso fronterizo de Bab Al Hawa, el único por el que puede entrar la ayuda a Siria —hace años esta asistencia podía entrar por tres pasos distintos, pero Moscú vetó a ambos—, y lo hace, según los expertos, para sacar concesiones de sus rivales occidentales. 

Este año, sin embargo, parecía distinto: la amenaza rusa de vetar toda entrada de ayuda fue mucho más directa. Con la guerra en Ucrania y los puentes entre Estados Unidos y Europa y Rusia completamente rotos, muchos temían el bloqueo ruso. No ha acabado siendo así.

A cambio de permitir que la ayuda llegue durante seis meses más —algo que asusta a unas onegés que temen que el veto ruso pueda llegar la siguiente vez, en enero, a pleno invierno— Rusia ha conseguido que la ONU se comprometa a estudiar mandar más ayuda al régimen de Damasco y que sea el presidente Bashar al Asad, el aliado de Moscú, el que en un futuro indeterminado reparta la ayuda a las zonas opositoras. Durante el conflicto, Asad ha usado el hambre y la restricción de ayuda humanitaria como arma de guerra.