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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Oriente Próximo

Un año de poder talibán en Afganistán | Las mujeres, bajo el yugo

Los extremistas, en el poder desde hace un año, han prohibido a las niñas mayores de 12 años asistir a la escuela y han vuelto a imponer el burka

Las presentadoras de Tolo News, Sonia Niazi y Khatereh Ahmadi, se cubren la cara en el estudio de la televisión Tolo en Kabul. Reuters

La voz de Nilo Bayat, la capitana del equipo femenino paralímpico de baloncesto de Afganistán, suena alegre al otro lado del teléfono. Desde Bilbao, donde ha recalado tras salir huyendo del país asiático con la vuelta, hace ahora un año, de los talibanes, combina la ilusión por su nueva vida en España con el pesar por las personas que, contrariamente a ella, no han podido salir. El tono de su voz se apaga en cuando habla del panorama que le transmiten desde Kabul: "El futuro es muy oscuro", sentencia.

Ha sido como retroceder 20 años en un abrir y cerrar de ojos. Para toda la sociedad afgana, en general, y para las mujeres, en particular. Sin llegar a ser fácil, la vida en femenino había ido mejorando en Afganistán durante las últimas dos décadas. Las mujeres se habían incorporado al mercado laboral, la judicatura, la política, las universidades y escuelas, tanto para estudiar como para impartir conocimiento. Sin código de vestimenta, podían moverse libremente sin la constante compañía de un hombre de la familia, salían a comprar, escuchaban música, conducían y viajaban. En definitiva, vivían. Las niñas iban a la escuela, como es su derecho inalienable.

Ahora hace un año, en agosto de 2021, con la llegada de los talibanes al poder, una puerta al pasado que ya parecía cerrada volvió a abrirse. Afganistán ha vivido dos etapas bajo el yugo de los extremistas. Una primera de cinco años, entre 1986 y 2001, y la actual, iniciada el verano pasado. Quién vivió el primer quinquenio, no lo olvida. La ley islámica, la sharia, amparó todos los horrores: ejecuciones públicas, lapidaciones, latigazos, castigos atroces por llevar los tobillos destapados o usar indumentaria occidental, en el caso de los hombres, y por no usar el preceptivo burka, en el caso de las mujeres. La mujer solo existía, mal que bien, de puertas para adentro del hogar. Fue en este periodo cuando la baloncestista Nilo Bayat fue víctima de una bomba que mató a su hermano y a ella la dejó discapacitada de por vida. Su boda debía celebrarse el pasado septiembre pero no llegó a contraer matrimonio porque salió disparada del país ante el gran peligro al que quedó expuesta tras sus constantes posicionamientos en favor de los derechos femeninos.

"Una cárcel abierta"

"Afganistán vuelve a ser una cárcel para las mujeres, abierta, pero una cárcel", sentencia, la deportista de élite. Un sustantivo, el de cárcel, que también utiliza desde el exilio, Fawzia Koofi, política y activista afgana. "Como un cementerio, aunque la gente respira", va más allá la expresidenta de la Asamblea Nacional de Afganistán. Koofi, expuesta por sus padres para morir al sol porque era una niña en lugar del ansiado varón, encarna la defensa de los derechos de las mujeres en el maltrecho país asiático. En su opinión, una de las decisiones más dramáticas ha sido la de no permitir el acceso de las niñas a la educación a partir de los 12 años, con las graves consecuencias que implica quedar confinadas en casa.

Asegura que nunca se imaginó viviendo en el exilio -"Estoy en Europa físicamente pero mentalmente estoy en Afganistán", asegura-. Fawzia formó parte de la mesa negociadora con los talibanes durante los primeros meses de su último Gobierno pero abandonó -explica- incapaz de aceptar ninguno de sus atroces preceptos. Pide a Occidente hacer mucho más de lo que hace para condenar y aislar al régimen integrista.

La pose de la moderación

La nueva hornada extremista, la que tomó el poder ahora hace un año, ha intentado presentarse ante la comunidad internacional como más moderada que sus antecesores. La portavoz de Amnistía Internacional para Afganistán, Olatz Cacho, confirma que ha sido una mera pose. "La ley islámica vuelve a amparar cualquier cosa", asegura la experta para añadir que "la presencia de la mujer en el mundo laboral es casi anecdótica". Los talibanes han permitido seguir trabajando a las féminas en ámbitos muy puntuales, como es el caso del sanitario y educativo. De la noche a la mañana, trabajadoras públicas fueron conminadas a quedarse en sus casas.

La experta de Amnistía Internacional matiza que no es que la educación femenina viviera su mejor momento -cuatro millones niñas de los 10 millones que hay en el país estaban asistiendo a clase- pero "era un desierto donde caía algo de agua". Las consecuencias por el parón en su educación que se ha producido ahora tiene, según la experta, una trascendencia que marcará a futuras generaciones.

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