Amiga Esther Fabre

Esther Fabre / LP/DLP

Te llamo así porque realmente eras amiga de todo el mundo, y te distinguíamos de las otras Esther por ese apellido tan singular que sobrellevas. También en eso eras noble y elegante, en la forma de llamarte. Me pregunto desde cuando nos conocimos, y respondo: allá por mil novecientos setenta y siete, en los años adolescentes, con quince o dieciséis años, en aquella ciudad anodina, como a medio hacer, de Las Palmas; y digo “aquella” porque no tiene nada que ver con esta. Cruzábamos sus calles con el aburrimiento innato y el despiste connatural de las personas todavía inmaduras. En el barrio de Triana que recorríamos a pie, incansablemente, tonteando con conversaciones profundas, con ganas de ser mayores. Respondo, y te veo con la mirada de buena persona que llevas estampada en la cara, la paz natural, la calma oceánica que ya hubiera querido para mí, para los míos, y para los conocidos y extraños. En los recorridos por el barrio, cuando caía la noche, recuerdo acompañarte hasta la puerta de tu casa familiar, en la trasera de Correos. Ahora, cuando cruce por las calles Perojo, Viera y Clavijo, Cano o Buenos Aires, te veré como eras. No solo la mirada repleta de empatía, también me vendrá a la mente tu entusiasmo comedido, y el optimismo que te desbordaba. Ay Esther, jamás te oí decir nada malo de nadie, qué amistad nos regalaste, qué bueno haberte conocido.
Con la misma edad que la mía, y nacidos en el mismo mes de noviembre, brindábamos por nuestro común zodiaco sagitario. Eso nos identificaba, pero a ti la gente te quería por tu carácter, por la forma desprendida de llevar la vida, por eso tus amigas del Sagrado Corazón, las amigas de siempre, a las que les organizaste hace pocos años un reencuentro de antiguas alumnas, te llevan en el pensamiento, y quizá también te vean y se crucen en las calles de nuestro barrio de Triana.
Después de tus años de instituto formaste parte de la colonia canaria de estudiantes universitarios en Madrid. El mundo estrecho que traíamos de Las Palmas se abrió una inmensidad. La década de los ochenta nos cogió de lleno en aquella revoltura. Estudiaste ciencias biológicas, y desde allí, a Bruselas, donde nacieron tus dos hijos. Años después nos volvíamos a ver en Las Palmas, ya de retorno definitivo, en las fiestas particulares que organizabas en los distintos pisos que tuviste. Siempre rodeada de buena gente, te gustaba la cantidad, no puedo olvidar tu cara de buen querer, hablando a unos y a otras. Ay Esther, ahora, tus hijos y tus hermanas se quedarán aquí, tan desconsolados como nosotros, sabedores de que las personas como tú no se pierden, sino que solamente esperan para volver a encontrarse. Porque las personas como tú, que cultivan y maduran la amistad a distancia, en el espacio y en el tiempo; que no interrumpen nunca su afecto y su sonrisa, seguro que, plácidamente, esperan nuestra llegada. Mientras tanto, amiga Esther Fabre, descansa en paz.
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