Carmela Luján Ojeda, genio, amor y figura

Carmela Luján Ojeda. / LP/DLP

Carmen Angelita Saturnina Luján Ojeda nació el 13 de agosto de 1931 en una cueva en el pago de Juncalillo de Gáldar. Se crió entre esas montañas sagradas que la UNESCO reconoció como Patrimonio Mundial de la Humanidad en 2019. Su madre Teodosia ya había parido a Carlos, Mercedes y Candita, después nacieron Manolo, Pepe, Orlando, Yara, Miriam y Ernesto. La vida en Juncalillo estaba llena de momentos felices, o trágicos como la muerte de su hermana Mercedes y dos hermanos pequeños. Carmela no pudo estudiar porque le tocó cuidar a los hermanos pequeños mientras Teodosia hacía el queso o plantaba papas, y Antonio luego cargaba los productos en una mula y se montaba en el coche de hora para venderlos en Las Palmas.
Había que buscar tiempo también para aprender a leer, a escribir, a sumar y a restar con la maestra doña Martina. Fue un lujo que Carmela pudiera ir al colegio hasta los 14 años. Hasta la adolescencia vivió en la cumbre grancanaria, después de cinco años seguidos sin llover, sus padres Teodosia Ojeda y Antonio Luján se mudaron a Las Palmas, al barrio de Arenales. Arriba quedaron los doce árboles que plantó Antonio en honor a sus hijos e hijas.
Con la venta de las cuevas pudieron comprar en el barrio de Arenales un local donde montaron una tienda y el bar Brasil. En ese barrio Carmela se ennovió y casó con Segundo García, que también había nacido en una cueva en la cumbre. Y de esa unión nacimos dos niñas y un niño que ella ha seguido empeñada en proteger, en cuidar hasta este viernes 3 de abril. También se empeñó en cuidar a sus nietas, su nieto y su bisnieto, aunque en este último caso ya Carmela lo quería más que lo recordaba, porque el tino se empezó a ir mientras el pequeño Noah daba sus primeros pasos.
En las Rehoyas y Schamann a Carmela la llamaban Carmita las clientas de la tienda de ropa que regentó en la calle Pedro Infinito durante tres décadas. Allí vendía ropa, lana y juguetes en Navidad. Apenas una semana después de nacer cada hijo Carmela volvía a abrir la tienda, donde ejercía de comerciante y psicóloga. Alguna adolescente le pidió que intercediera para contarle a su madre un embarazo prematuro o se atrevió a aconsejar a alguna clienta que no aguantara los insultos del marido, porque Carmela ejerció el feminismo dirigiendo su casa, sin haber leído a Simone de Beauvoir.
Hace unos días comenzó la primavera, la 94 primavera de Carmela Luján, no estoy muy seguro del momento exacto en el que me empecé a dar cuenta de que esta mujer que me parió no era inmortal, que podía llegar un día en el que no iba a estar para hacer un potaje, para darme un abrazo, para preguntarme cómo estoy. Sé que tomé conciencia en algún momento, pero confieso que no hace tanto tiempo.
Este martes de calima que tapaba el horizonte dos médicas nos dijeron a sus hijos que Carmela no era inmortal, que llegaba el viaje final. Reconozco que decidí ignorar el manto de tierra que tapaba la isla y busqué sus ojos. La mirada de Carmela me decía algo que casi no quería saber. Este martes de tierra seca que raspaba mi garganta ignoré mi asma y escuchaba su respiración y pensaba que ese aliento suyo fue el primero que recibí cuando llegue a este mundo, que esos pulmonescada vez más cansados fueron mi primera almohada en el sueño previo a despertar a la vida.
Desde hace unos años el tino de Carmela comenzó a irse. Seguía reconociéndonos, pero a veces nos confundía. Decidimos esconderle las noticias malas, por eso si existe el cielo en el que ella creía, además de a su madre (a la que llamaba en las últimas horas), se encontrará con sus hermanos y hermanas, con Segundo y, sin esperarlo, encontrará a su hermana Miriam, su sobrino Luífer y su yerno Paco.
Escuchándola gritar “mamá” apenas hace unas horas la imaginé de niña, pequeña, frágil, corriendo por los riscos de Juncalillo, entrando en la cueva donde Teodosia hacia el pan en el horno, y gritando “mamá”, la imaginé tan vulnerable como este martes de calima en el que nos dijeron que Carmela no era inmortal. Ella esperó que llegaran sus nietos desde países lejanos y este viernes, apenas unas horas después de que le cantaran sus nietos y su bisnieto en la habitación de la clínica, Carmela decidió marcharse. Un viernes santo, como el Cristo en el que creía. La médica tenía razón, Carmela no era inmortal, pero los que la hemos conocido y querido, quienes hemos disfrutado de su genio, amor y figura, sabemos que Carmela será eterna. Gracias por tanto, mamá.
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