Adiós a Víctor M. Cruz, un comunicador irrefrenable

Como todo reportero gráfico, de Víctor no hay muchas fotos. En la imagen de 2015, divirtiéndose con su aprendiz de pintor. / LP/DLP
Juan L. Santana
Suya es, y siempre lo será, esa palabra que tanto usan en su entorno, ‘labida’, escrita sin espacio y con la letra b en lugar de la uve. Apareció por primera en una de aquellas libretas de la marca Guerrero, de cuadritos, en la que, a mitad de los años 80, ¡Qué convulsos fueron!, escribía letras, estrofas y rimas, que tendrían salida en grupos como Kortatu, Extremoduro, Barón Rojo, o tal vez luego en Los Fitipaldis de Fito. Cañeras.
Esta semana de mayo se ha despedido, en silencio, Víctor M., de Manuel, Cruz. Su nombre lo eligieron sus hermanas fascinadas por el cantante catalán en aquella época en la que triunfaban las revistas como Super Pop, cuyas pegatinas con la imagen de los artistas decoraban las carpetas azules de los estudiantes.
De ahí, y de releer las pequeñas novelas del Oeste que se cambiaban en el barrio de San José a una peseta, además de los periódicos, casi siempre atrasados, que entraban en su casa, o las revistas Hola, Semana o Lecturas que estaban junto a la televisión Grundig en blanco y negro, y que se iban intercambiando los vecinos, fue desarrollando una pasión voraz por la lectura, de cualquier tema. Ahí está el origen.
A los siete años entró por la puerta del histórico Gimnasio Lee, casi que en la calle Tomás Morales, para adentrarse en el mundo del taekwondo. Ya no tuvo freno. No solo aprendió. Lo estudió a tope. Y no solo ese arte marcial, sino otros muchos. ¡Y hay tantos!
Entre idas y venidas, apareció a principios de los años noventa en una de las muchas redacciones, de papel, solo papel impreso, preguntando algo así como “¿Aquí se puede escribir de artes marciales? Lo practican muchas personas, y podría ser interesante que tengan un espacio”. El primero que le dijo que sí, no sabía la que se le venía encima.
Descubrieron con Víctor que aquello era una fuente inagotable, un torrente de modalidades, competiciones, singularidades, trajes, equipaciones, palos, sables. Incontable. Incontenible. De repente se vino arriba y llenó las páginas de reportajes curiosos, didácticos, amenos y que le dieron un impulso a esas modalidades en su visibilidad. Alguien pasaba por la playa de Las Canteras y veía allí a media docena de personas ataviadas con sus kimonos de Jeet Kune Do, o algo parecido. Aquello parecía la escenografía de una película de guerreros japoneses, pero eran isleños.
En aquellos tiempos, y ahora también, la lucha por el espacio en las columnas era sin cuartel. Y no había fotógrafos para atender las peticiones de los reportajes o competiciones que planteaba. ¿Y qué hizo? Pues, se compró una cámara de tercera mano. Y ya no paró.
Comoquiera que las secciones de Diseño estaban también saturadas en el minuto a minuto del frenesí de un diario, pues aprendió a usar el QuarkXPress y ya se hacía sus propias páginas. Perdón, muchas veces, dobles páginas, con sus textos bien cuidados, y aún se recuerda aquella frase recurrente de “por favor, me puedes corregir esto, y, así de paso, aprendes algo productivo”. En el archivo del Museo Canario se guardan todas las páginas que publicó en los diarios de Gran Canaria. Miles son.
No se conformó con eso. Se integró en las redacciones y empresas de comunicación al cien por cien, y pertrechado con su Nikon&Canon iba haciendo fotos, muy cuidadas, de muchos deportes y también para otras secciones. A principios del siglo XXI amplió su radio de acción. Ya estaba internet cabalgando a velocidad imparable y él se subió rápido a esa ola. Contribuyó a impulsar desde su trabajo a los eventos que iban surgiendo en la Isla, su huella queda en el IMD del ayuntamiento de Las Palmas, en el IID del Cabildo, mundiales de windsurf, europeos de surf, la vela latina, los torneos de fútbol playa, y un larguísimo etcétera, en primera línea de combate. Siempre cercano, en el CN Metropole se conocía a los nadadores por su nombre. Apasionado del fútbol, nunca discutía de eso. Sonreía con los ojos y contemporizaba.
Debatidor constante en un sinfín de temas, trataba de ayudar a quien se le pusiera delante. Surgido de esa factoría de currantes de los medios de comunicación que es el Polígono de San Cristóbal, como dos docenas están pululando por ahí, ‘El Rubio’ como le llamaba su padre, era un amante del deporte, de muchos, pero no de ver, sino de participar, de implicarse. En sus buenos tiempos aparecía a las seis de la mañana en un gimnasio de Guanarteme, con su propio saco.
Este hombre vitalista, de la generación de agosto de 1971, los últimos cinco años de su intensa vida los ha pasado luchando contra los efectos de la ELA. Sus hermanas Paqui, Isabel y Erika han sido su apoyo constante, lo mismo que su gran amigo Jorge, siempre al pie del cañón.
En la hora del adiós a un comunicador irrefrenable, y muchas más cosas que hizo en ‘labida’, gracias infinitas a quienes, la lista es interminable, ayudaron a que su enfermedad fuese más llevadera. Y como siempre decían sus amigo Paul y Antonio, “¡Este Vitolo es incorregible, siempre está inventando algo nuevo!”. Y te convencía. Quien lo conoció, lo sabe.
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