Es, sobre todo, un brillante ejercicio narrativo que mantiene en vilo al espectador la hora y media reglamentaria sin mostrar ningún signo de debilidad. En ese sentido hay que valorar el mérito de la realización del vasco Patxi Amezcua, que en tan solo su segundo largometraje, tras el estimable 25 kilates con el que debutó en 2008, confirma unas cualidades impropias de su teórica falta de experiencia.

Con él, es verdad, han colaborado muy eficazmente en estos satisfactorios resultados dos magníficos actores que consolidan unos personajes que siempre están, física y dramáticamente, en el lugar oportuno, en especial el argentino Ricardo Darín, cada vez más maduro en su labor, pero sin desmerecer nunca una Belén Rueda que sigue en su mejor momento profesional.

Amezcua, que es también coautor del guion, va directamente al grano y apenas iniciada la proyección sitúa las piezas de la trama en posición de rehenes de una intriga creciente y notable. Todo empieza, literalmente, como un juego, cuando el abogado Sebastián, que está en proceso de separación de su esposa Delia, acude al que fuera hasta poco tiempo antes su hogar para recoger a sus hijos y llevarlos al colegio. Una tarea rutinaria que, sin embargo, abre paso a una auténtica pesadilla al desaparecer los pequeños, Luca y Luna, mientras bajaban solos por la escalera y el padre lo hacía en ascensor, repitiendo una especie de competición que efectúan casi a diario.

De esta increíble forma Sebastián, incrédulo de lo que está viviendo, asiste desesperado a un caso misterioso que abre numerosos interrogantes y del que no tarda en tener noticias la madre, que se une a su exmarido en una búsqueda marcada por el temor pero también por la esperanza de encontrar sanos y salvos a los hijos. A partir de este planteamiento el drama policíaco se va consolidando y aunque no asistamos a una muestra de originalidad manifiesta, con un epílogo algo discutible que no sobresale por su coherencia, nunca pierde un rumbo que lleva al auditorio al terreno deseado