Para ser una dama del Imperio Británico que ha ganado un Oscar, tres Globos de Oro, cuatro Emmy y dos premios a la mejor actriz en el Festival de Cannes, suele tratar a sus interlocutores con humildad, como si fuera una simple señora británica que no se cree los honores ni el título que le otorgó la reina por sus servicios a la cultura de su país. No es que Helen Mirren pase desapercibida. Siempre muy elegantemente vestida y con el cabello impecable, en persona tiene la misma presencia impactante que despliega en la pantalla. Pero esta actriz, que ha subido muy lentamente los escalones de la fama hasta llegar a la cima, nunca se pone en plan estrella, quizás porque su asombrosa memoria no le permite olvidar una infancia en la que no abundaba el dinero.

Con 69 años muy bien llevados y un espíritu juvenil que se refleja en la actitud y en un tatuaje en la mano izquierda -que significa "ama a tu vecino"-, Mirren tiene hoy en la industria un lugar de privilegio que desearían muchas que están en la flor de la vida. Sin embargo, no ha tenido problemas en convertirse en una octogenaria en Woman in Gold, la historia real de Maria Altmann, quien nunca bajó los brazos en su batalla contra el gobierno austriaco para recuperar cinco pinturas de Gustav Klimt que los nazis robaron a su familia.

Con la misma naturalidad se ha convertido en coronela para el thriller Eye in the Sky, que rueda actualmente junto a Colin Firth y Alan Rick- Texto de Gabriel Lerman y fotos de Jake Walters man, y en la legendaria columnista de espectáculos Hedda Hopper en Trumbo, el filme de Jay Roach que retrata los peores años del maccarthismo a través del guionista que pasó de ser el mejor pagado de Hollywood a una cárcel por negarse a testificar contra sus colegas. Mientras tanto, Mirren puede verse en los cines como la dueña de un elegante restaurante de un pueblito de Francia que monta una guerra sin cuartel contra la familia india que decide competir desde el otro lado de la calle.

Dirigida por el sueco Lasse Hallstrøm, que algo sabe de cómo crear comedias donde el peso está en los personajes, Un viaje de diez metros también incluye en su elenco al veterano actor de India Om Puri y a los prometedores Manish Dayal y Charlotte Le Bon.

¿Qué le atrajo de Un viaje de diez metros?

Que siempre quise ser una actriz francesa, y hubo un momento de mi vida en que traté de serlo. Hice una película en Francia, que disfruté mucho, y gracias a mis experiencias con Peter Brook, con quien trabajé en París seis meses, llegué a hablar francés bastante bien. Alquilé una buhardilla en un sexto piso sin ascensor. Era todo muy bohemio, y mi plan de quedarme en París hasta que me convirtiese en una actriz francesa funcionaba a la perfección. Pero la vida te cambia los planes. En Inglaterra me seguían ofreciendo trabajo, que tenía que aceptar para pagar la buhardilla, y tuve que acabar con ese sueño. En esta película, pude hacerme pasar por una actriz francesa por primera vez en mi vida...

¿Ve algún paralelismo entre ser un actor asombroso y un gran chef?

Ambos comienzan con lo básico y a partir de allí surge algo nuevo... Es absolutamente cierto. Eso es lo que tiene de interesante ser un artista. Haciendo esta película me di cuenta de que un chef es un artista de la misma magnitud que un pintor o un músico. Todos son grandes artistas por la misma razón, por la forma en la que eligen combinar diferentes elementos. Comparten el mismo tipo de obsesión: sólo prestan atención a lo que hacen. Diría que los chefs y los dueños de los restaurantes sólo viven para lo que hacen y suelen trabajar duramente. La cocina y el restaurante son su mundo.

Y todos dependen de la bondad de los críticos...

Es cierto. Y del boca a boca. No creo que ningún gran restaurante fracase porque a un crítico no le guste, porque el boca a boca tendrá más peso. Lo mismo pasa, en cierta medida, en mi trabajo. Pero eso no quita que una mala crítica sea como una daga clavada en tu corazón. Es verdaderamente terrible.

¿Cómo se lleva con la cocina?

No soy buena cocinera. Me encanta ver programas de televisión que enseñan a cocinar y suelo entusiasmarme con las ideas que proponen. Pero a la hora de llevarlo a la práctica, nunca me sale bien. Además, es demasiado trabajo. Hay que comprar los alimentos, sacarlos de los paquetes, lo que más odio. Hay que encontrar lugar en el refrigerador. Y más tarde, limpiar, ¡Dios!, lo detesto. No me parece que valga la pena tanto esfuerzo para que alguien diga que lo que has hecho está rico.

En un rodaje como este, habrán pasado el tiempo comiendo...

No, en absoluto. Teníamos un chef que preparaba la comida, que era maravillosa, pero no la podíamos tocar. Recuerdo que cuando hice El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante, de Peter Greenaway, teníamos un chef del hotel Dorchester preparando la comida, un cocinero de primer nivel. Pero no la p podíamos tocar, porque la rociaban con conservantes para que durara unas cuantas horas. Como era una producción de muy bajo presupuesto, ni siquiera podíamos ir al restaurante del estudio, y teníamos que almorzar en un sitio apestoso donde sólo tenían pan y un jamón del diablo. Lo que nos hacían era cruel y terrible. Porque después volvíamos a filmar y sobre la mesa estaban esas langostas, ostras y cangrejos, que eran sólo decoración. Al menos, en esta película estábamos rodando en una hermosa región del sur de Francia donde la comida era particularmente deliciosa.

¿Suele ir a restaurantes que tienen tres estrellas Michelin?

He ido en alguna que otra ocasión, pero no me gustan mucho, aun cuando están en la cima de la elegancia y todo es perfecto. Los cubiertos son impecables; las copas, de cristal, y el servicio, inmaculado. Pero siempre que he ido me he sentido un poco incómoda; no me puedo relajar. Son ideales para una gran ocasión, como un cumpleaños o una celebración para la que te vistes especialmente. Yo prefi ero ir a un restaurante donde todo sea mucho menos formal...

¿Hubo algún momento en su vida que un bocado le hizo alcanzar un momento sublime?

Por supuesto. Tendría unos 26 años y tenía de novio un hombre muy rico. Era un profesor de Oxford que era increíblemente inteligente. En aquella época yo solía ir a las fiestas estudiantiles en las que bebíamos un espantoso vino tinto. Nunca había probado uno verdaderamente bueno. Él era un gran gourmet, capaz de coger un avión para ir a Francia a cenar a un restaurante en particular. Eso era algo que yo todavía no podía comprender. Una noche me invitó a cenar y me dijo que me iba a mostrar lo que era el buen vino. Nos trajeron un Château Margaux de 1952. Nunca me atreví a preguntarle cuando costó. Al beber ese vino, tuve un orgasmo. Era verdaderamente asombroso. Nunca he vuelto a experimentar algo así...

Mirren puede ser hoy sinónimo del espíritu británico, pero su familia se instaló en Londres por casualidad. Su abuelo, el coronel Pyotr Vasilievich Mironov, fue enviado allí como diplomático para negociar una compra de armas cuando la Revolución Rusa le obligó a quedarse. Cuando la futura actriz llegó al mundo en 1945 como Helen Lydia Mironoff, el pasado aristocrático había quedado enterrado, y su padre, Basil, ya era segunda generación de taxistas. Si bien había tocado la viola con la Orquesta Filarmónica de Londres, no veía con buenos ojos la pasión de la segunda de sus tres hijos por los escenarios: "Yo quería ser actriz desde muy pequeña", admite la estrella.

"Me estimulaba mucho el mundo de la imaginación -agrega-, y por eso comencé en el teatro, pero luego pasé al cine y a la televisión. En definitiva, se trata de lo mismo; todo pasa por imaginar. Tengo que admitir que nunca creí que mi sueño de ser actriz pudiera convertirse en realidad, venía de una familia en la que el teatro se veía como una fortaleza en la que nadie podía entrar. Logré hacerlo a través de una organización de Inglaterra que se llama The Youth Theater. Tuve que luchar contra muchos contratiempos, en mis inicios eran los demás los que se quedaban con los trabajos con los que yo soñaba. Nunca podía entender por qué elegían a otra. Sentía que me quedaba sin trabajo, aunque mirando para atrás, si revisas mi currículum, verás que no es cierto. Cada año de mi carrera hice por lo menos dos o tres trabajos. He trabajado constantemente desde que empecé, aunque no fuera necesariamente en lo que yo quería".

Le distingue como actriz su capacidad para comunicar sin palabras. ¿Es más difícil actuar así que con diálogos?

No sé si es más difícil, pero disfruto mucho cada oportunidad que tengo de no usar palabras. Todo el tiempo estoy preguntando en el plató si hace falta que diga esto o lo otro. Por otro lado, es maravilloso tener diálogos que te permiten brillar. En Hitchcock me tocó un monólogo muy poco usual en el cine; después de todo, es un medio visual. El problema es que uno nunca sabe si está comunicando lo que quiere. Es imposible saberlo. Bob Balaban, buen amigo mío, me dio algunos consejos muy sabios sobre actuar en cine. Me dijo que cuando haces una toma, tienes que imaginar que eres un arquero que dispara al blanco. No tienes control sobre la fl echa. Ha partido. A veces le das al blanco y otras no. En el cine, es un poco así. Nunca sé si mi cara está expresando lo que requiere la escena. Uno tiene que dejarse llevar y que sea la audiencia la que encuentre el mensaje que estás tratando de transmitir.

¿Es cierto que se considera la sucesora de John Gielgud?

No sé si la sucesora, pero él ha sido mi ángel de la guarda a lo largo de mi carrera porque, independientemente de que en Arthur interpreté un papel que él había hecho, siempre me impactaron sus decisiones. Cuando yo era una actriz joven y él era una leyenda, nunca dejé de fi jarme en como decidía su carrera. Hizo Arthur, y Prospero´s Book con Peter Greenaway. Fueron decisiones radicales e inesperadas, que generaron que mucha gente del establishment en Inglaterra le mirara con desprecio y se preguntara qué estaba haciendo John Gielgud en una comedia ridícula con Dudley Moore, porque los caballeros del teatro británico no hacían esas cosas. Pensé que esa era la clase de actriz que quería ser. Me interesaba ser una actriz seria, clásica, pero también poder pasar de hacer comedias a una obra seria o participar en una película animada. En ese sentido siempre he visto a Gielgud como mi guía.

¿Le conoció?

Sí, cuando ya era muy mayor. Me hubiera encantado conocerle antes. Compartí un hermoso almuerzo con él y otro actor que me llevó a verle. Fue muy especial para mí. Nuestros caminos se han cruzado de las maneras más inesperadas. Los dos hicimos de Próspero en La tempestad. Él lo interpretó en la película de Greenaway, y estoy segura de que también en el teatro.

Cuando hizo Una mujer de acero en televisión no había muchas mujeres protagonizando series, pero eso ha cambiado hoy. ¿A qué lo atribuye?

A que el mundo ha cambiado. Ahora hay muchas mujeres que son jefes de policía, secretarias de Estado... El mundo de la ficción copia a la realidad, eso es todo. Ahora hay más mujeres protagonizando series que hombres. Cuando hice Una mujer de acero no existían. Recuerdo que me pidieron que firmara contrato por tres temporadas, pero me aclararon que sólo tenían intenciones de hacer una, porque no estaban seguros de cómo iba a funcionar una serie protagonizada por una mujer.

La buena suerte de Mirren no se limita a su éxito como actriz. Tras una larga relación con Liam Neeson que comenzó en el rodaje de Excalibur, quien nunca ocultó una historia de romances y una fuerte resistencia a los compromisos formales encontró al hombre de su vida, el director Taylor Hackford, en otra filmación, la de Noches de sol, en la que sus compañeros de reparto eran Mijaíl Barishnikov y Gregory Hines.

"Cuando nos conocimos no hubo un flechazo", admite Mirren, que esperó 11 años para ir al altar con él. "Fui apreciando cada vez más las cualidades de mi marido -explica- gracias a su sabiduría y a su paciencia. En esos primeros días jamás se me hubiese ocurrido que íbamos a terminar compartiendo tantos años. Para empezar, era un director norteamericano y no teníamos muchas cosas en común. No es que tenga nada contra los estadounidenses, pero todo me resultaba muy extraño y no me parecía que íbamos a encontrar una forma de que lo nuestro funcionara".

¿Qué significa el dinero para usted?

Mis padres no eran de clase trabajadora, pero habían caído en la pobreza. En mi casa no había televisión, lavadora ni auto. Pero una cosa que mis padres me enseñaron, y que era muy importante para una mujer en aquellos tiempos, era que tenía que ser financieramente independiente. Ellos no querían que fuese actriz porque les parecía peligroso en el plano económico. Querían que fuese maestra, y a eso me dediqué tres años. Por eso nunca estudié teatro. Ahora que tengo una buena posición económica, es algo que me hace sentir muy orgullosa. Sobre todo porque todo lo que tengo me lo he ganado yo. Soy consciente de que la suerte ha tenido un papel muy importante, pero también he trabajado muy duro para llegar hasta donde estoy.

¿Y el éxito, cómo se lo toma?

El éxito va y viene. En este momento soy mucho más exitosa que en cualquier otro de mi carrera, pero sé que inevitablemente mi cuarto de hora pasará.