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Festival de Cannes

'Benedetta': con Verhoeven llegó el escándalo a Cannes

El siempre provocador director de ‘Instinto básico’, ‘RoboCop’ y ‘Elle’ presenta a concurso ‘Benedetta’, incorrecto y malicioso acercamiento a la figura real de Benedetta Carlini, una abadesa del siglo XVII que mantuvo una relación lésbica con otra monja.

Paul Verhoeven. EFE

A lo largo de toda su carrera, Paul Verhoeven se ha dedicado a conciencia a atentar contra la correción moral explorando el sexo, la violencia y otros asuntos de cabecera; lo hizo en sus primeras películas, rodadas en su Holanda natal -’Delicias turcas’ (1973), ‘El cuarto hombre’ (1983)-, y luego explotó esa fórmula en Hollywood a través de títulos impactantes y subversivos como ‘RoboCop’ (1987), ‘Instinto básico’ (1992) y ‘Showgirls’ (1995) hasta que su permanente capacidad para difuminar la línea divisoria entre los sublime y lo ridículo terminó por convertirlo en algo parecido a un apestado. Y lo más notorio de su reinserción en la escena cinematográfica, esta vez merecidamente elevado a la categoría de maestro, es que la ha logrado a su manera, sin amilanarse ni dar su brazo a torcer. Lo demostró con ‘Elle’ (2016), incorrectísima reflexión sobre el asunto de los abusos sexuales, y ahora lo confirma con ‘Benedetta’, que desde mucho antes de presentarse este viernes a concurso en el Festival de Cannes es conocida como “la película de las monjas lesbianas”. El escándalo, cómo no, está asegurado.

La película se basa en la historia real de Benedetta Carlini, una abadesa del siglo XVII que fue investigada por la Iglesia Católica a causa de las visiones místicas y milagros que se atribuía y los mensajes que decía recibir de Dios, y que en 1623 fue encarcelada tras ser hallada culpable de blasfemia, herejía y bestialismo. Además de eso, parece probado que dentro del convento de Pescia mantuvo una ardiente relación lésbica con otra monja. Lo que no está confirmado es si, como muestra Verhoeven, la mujer solía sufrir ataques de posesión divina que la hacían comportarse como Linda Blair en ‘El exorcista’ o si, tras descubrir los orgasmos y hacerse con el mando de la abadía, empezó a comportarse como una versión con hábito de Catherine Tramell.  

En cualquier caso, el director utiliza la peripecia de Carlini para ofrecer una nueva variación del tipo de retrato femenino que ha hecho durante buena parte de su carrera -en pocas palabras, el de una mujer que agarra la vida por la entrepierna-, y entretanto recrea con una deliciosa mezcla de rabia y humor sardónico las miserias de un clero corrupto que, en tiempos de pese bubónica, castigaba o beatificaba de acuerdo a intereses nada ascéticos. Aunque, conociéndole, resulta inevitable dar por hecho que su principal objetivo al hacer ‘Benedetta’ ha sido sobre todo provocar y molestar -a los adalides de la cristiandad, a los del MeToo, a los del buen gusto- a través de imágenes como las de una estatuilla de la Virgen María reconvertida en dildo, una criada que se extrae leche de uno de sus senos frente a la lasciva mirada de un nuncio apostólico o un sanguinario guerrero que, en realidad, es Jesucristo. Y, ojo, esta lista de grandes momentos ni siquiera se aproxima a describir de una manera fiel qué loca y qué macarra es ‘Benedetta’, qué maliciosamente divertida y qué capaz de cabrear a aquellos que no sean capaces de verle la puñetera gracia. Allá ellos.

Feminismo confuso

En el quinto largometraje del noruego Joachim Trier, también presentado este viernes a competición, no se detecta malicia pero sí un despiste tremendo. Está claro que su título, ‘The worst person in the world’, trata de ser irónico; que, a ojos del director, la protagonista de la película no es la peor persona del mundo sino, al contrario, algo parecido a una heroína feminista: una joven que trata de madurar y que, en el proceso, es lo suficientemente valiente como para desafiar las expectativas que la sociedad tiene puestas sobre mujeres como ella y en el proceso ejercer su derecho de equivocarse y hasta de herir a los demás. El problema es que una cosa es lo que opina el bueno de Trier y otra muy distinta es lo que queda claro al contemplar el periplo vital de la muchacha: que es una caprichosa, una mimada, una egocéntrica y, sobre todo, un monumento andante al egoísmo más nocivo. El tipo de de cretina que, cuando va a visitar a su exnovio enfermo de cáncer, no lo hace para darle ánimos sino con la única intención recibirlos de él. Quizá no sea la peor persona del mundo, pero poco le falta.

Mucho más sensato y menos confuso es, por último, el feminismo que propone ‘Lingui’, que también ha presentado su candidatura a la Palma de Oro. Es el quinto largometraje que participa en Cannes de Mahamet-Saleh Haroun, un director cuya carrera es especialmente meritoria si consideramos que en su Chad natal no hay cines, y que allí sus películas se mueven esencialmente en el ámbito de la clandestinidad. Para denunciar la opresión legal y religiosa que las mujeres sufren en aquel país, Haroun contempla la peripecia de una joven madre que, al principio del relato, descubre que su hija de 15 años está embarazada en contra de su voluntad y que, a partir de entonces, emprende una odisea con el fin de lograr la interrupción del embarazo en un país donde abortar no solo es ilegal -los doctores que lo practican se arriesgan a condenas de cinco años de cárcel- sino también carísimo. Y con una mirada serena y naturalista, y sin caer en tremendismos dramáticos ni adoptar actitudes polemistas, va tejiendo el retrato de una comunidad femenina construida a través de susurros, gestos furtivos y sonrisas cómplices, y rindiendo un homenaje sutilmente conmovedor a la solidaridad y la sororidad.

Matt Damon, padre coraje

‘Cuestión de sangre’, el primer trabajo de relieve que Tom McCarthy dirige tras ganar el Oscar a la Mejor Película gracias a ‘Spotlight’ (2015), toma como inspiración el caso de Amanda Knox -estudiante norteamericana que fue encarcelada por error en Italia tras ser hallada culpable de un asesinato que no había cometido- para contar la historia de un padre que hará cuanto sea necesario para demostrar la inocencia de su hija. Presentada fuera de concurso, la película trata de ser a la vez un thriller, un drama romántico y el estudio psicológico de un personaje necesitado de redención, y entretanto trata de plantear un montón de ideas más a lo largo de sus 140 minutos de metraje. El resultado es tan tosco y confuso como el francés que, en la piel de su protagonista, el actor Matt Damon chapurrea en algunas escenas. 

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