Decía el poeta Leopoldo Marechal que “del laberinto se sale por arriba”. Y eso es precisamente lo que hacen los protagonistas de la última película de Jacques Audiard, "De óxido y hueso", basada en un relato corto de Craig Davidson, joven promesa de la literatura canadiense. Alí (Matthias Schoenaerts ) y Stéphanie (Marion Cotillard) son dos seres opuestos que ven cómo el tiempo se desliza con lentitud, empujándolos hacia dentro del laberinto en que se ha convertido sus vidas anodinas. Apenas entienden lo que sucede a su alrededor y eso parece obligarlos a juntarse, a ayudarse uno a otro a alzarse por encima de sus propias incapacidades, tanto físicas (Stéphanie) como afectivas (Alí).

Como sucede en otras películas anteriores de Audiard (Un profeta, De latir mi corazón se ha parado o Lee mis labios), ambos personajes son descritos a través de las imágenes y no tanto a través de las palabras. Puede decirse que Alí, al que se le insinúa una infancia triste, y Stéphanie, ligada a la minusvalía que tiene y a lo que desea, sin acabar de tener nada, mantienen una relación intempestiva y tortuosa, y sin embargo intensa y sanguínea; mientras que con los demás (con su hermana y su hijo de cinco años, en el caso de Alí) sólo juegan a enfriar mutuamente sus miradas y a mantener una relación de consanguinidad. Salvando las distancias, "De óxido y hueso" es una película que inevitablemente hay que comparar con "Lee mis labios", sobre todo porque el director y guionista francés insiste en su preocupación por hacer una película cercana, respirable, audible, aunque lo que se oiga sea la vaciedad sustancial de la vida de sus personajes.

Pero en esta ocasión, el cineasta Audiard no quiere golpearnos con imágenes impactantes o crispadas, ni siquiera aspira a emocionarnos, lo que pretende es iluminarnos, ofrecernos una película que rinde tributo a la necesidad de superar la tragedia personal de la existencia. Es decir, pretende mostrarnos que del laberinto también se sale. Si hay algo que llama poderosamente la atención en la película "De óxido y hueso", a parte de la potencia actoral de Matthias Schoenaerts y la frágil belleza de la actriz Marion Cotillard, es un planteamiento inicial que infunde al conjunto una vitalidad callada,astuta, reveladora, que nos devuelve la urgencia de recuperar la capacidad de maravilla ante la representación del cuerpo humano (y sus sentimientos) sin tapujos, ejercicio de honestidad del que pocos directores de cine pueden vanagloriarse. Son ciento veinte minutos de metraje que se pegan a nuestro piel por los restos.

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