Es genuinamente estadounidense, casi un retrato de unos seres perfectamente reconocibles, y utiliza con habilidad la vía de la comedia dramática, combinando situaciones tensas y delicadas con otras, que son las que realmente prevalecen, infestadas de un sentido del humor que oscila entre lo negro y lo trágico. Lo hace, sin duda, con evidentes aciertos y con manifiesta imaginación, poniendo en solfa a toda una familia que representa a un amplio sector de la sociedad norteamericana.

Por eso estamos ante la mejor película del director Shawn Levy, entregado hasta ahora a comedias de tono modesto, incluidas las muy rentables de la serie Noche en el museo, sin duda beneficiado por la novela de Jonathan Tropper en la que se ha basado y que el propio escritor ha adaptado a la pantalla. A eso hay que añadir un reparto que sin valerse de nombres de demasiado conocidos, con la excepción de la veterana y muy en forma Jane Fonda, aporta un considerable juego, especialmente en los casos de Jason Bateman y de Adam Driver en los cometidos de los hermanos Judd y Phillip Altman.

Buena parte de las miserias y de las frustraciones propias del ser humano se hacen patentes en un relato que reúne a toda una gran familia, integrada por cuatro hermanos, algunos de sus respectivos cónyuges e hijos y la madre, como consecuencia de la muerte del padre. Es un clan judío y la viuda, todavía muy ducha en materia de sexo, les pone al tanto de que la voluntad del fallecido fue la de que llevaran a cabo la ceremonia del Shiva, que supone que todos ellos se encierren una semana en la mansión familiar compartiendo vivencias y recordando al difunto.

Es la ocasión, naturalmente, para que no sólo salgan a relucir los problemas de cada uno de ellos, también de que secretos y cuestiones que siguen siendo cuentas pendientes originen una explosión.