Ensayo de un camarero
Año nuevo, sala nueva
Con el caos navideño ya terminado, llega el momento de hacer balance y afrontar un año con algunas incógnitas

Un camarero colocando una mesa. / LP / DLP

Llegó enero y con este mes se acaban las navidades, aunque siempre hay comidas y reuniones de amigos que han quedado pospuestas para esta primera quincena, así como la de aquellos currantes que en la época de adviento no han podido realizar su cena de empresa, sobre todo los del sector de la restauración, que a su vez son los más agradecidos con la llegada del punto final de la navidad, pues la sala y la cocina no han parado.
Qué nos deparará este año gastronómico es algo que no podemos saber a ciencia cierta, aunque siempre se repiten los mismos parámetros. Habrá restaurantes que, tras hacer su caja en diciembre, decidan que es hora de cerrar y no quieran seguir con la aventura de experimentar aquello de “siempre quise tener un restaurante”; otros simplemente quieran quitarse la soga de impuestos, tasas, inspecciones y reglas absurdas de la administración que les ha impedido desarrollarse empresarialmente. O quizás los motivos de cierre de negocios vengan dados por la falta de personal para acometer las labores de sala y cocina.
Algunos deseos
En cualquiera de los casos, en la sala esperemos que las cosas cambien un poquito. Que los comensales sean más empáticos con nuestro trabajo, el de los camareros y camareras, que el respeto, la educación y el saber estar hagan de este oficio algo agradable de ejercer. Que las reservas lleguen o por lo menos avisen si no lo hacen, que el “chupito de la casa” no sea un imperativo del comensal, que los papás y las mamás entiendan que un restaurante no es un parque infantil para que sus hijos jueguen, que a veces esperar un minuto para que seas atendido no es tanto tiempo y por favor, que se acaben los expertos gastronómicos en las redes “que de todo saben y de nada entienden”.
Un año nuevo con menos empresarios en el sector que no valoran a sus empleados y pretenden enriquecerse a costa de sueldos bajos, horas de más y poca conciliación familiar. Y ojalá más restauradores honestos y comprometidos con hacer de este sector un espacio laboral seguro y con garantías laborales para camareros y cocineros.
Que sigan volviendo los parroquianos al bar de siempre, que esas familias nos sigan visitando, que se repitan los cumpleaños y los aniversarios, que el día de la madre lo podamos celebrar en el restaurante de toda la vida y que podamos seguir brindando con vino canario. En definitiva, que la sala siga viva y podamos seguir contando anécdotas, historias y a veces, por qué no, alguna crítica que no sea bien recibida, siempre desde el respeto.
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