Desde la barra
La mediocridad gastronómica nunca fue tan cara
Hace unos días al pequeño de la casa se le antojó un perrito caliente a la llegada de un vuelo, y ahí empezó el drama

Ilustración del alto precio de un perrito caliente. / LP / DLP

Habíamos aterrizado en Los Rodeos (Tenerife), y busqué algún lugar cercano para saciar el deseo infantil y de paso tomarme algo. Encontramos un sitio de sorprendente estética en la carretera del norte, no muy lejos del aeropuerto. Aquello estaba repleto de gente, mayoritariamente jóvenes, y la propuesta gastronómica se basaba en un estilo americano, tanto en su imagen como en la carta. Incluso esos sillones interiores eran similares a los de tantas películas, de esas con escenas de adolescentes atiborrados a batidos de chocolate y todo tipo de guarrerías no muy saludables.
Nos ubicaron en una de las mesas interiores. Música alta, pantallas con deportes y series americanas, una sorpresa en aquel lugar. No me imaginé encontrarme algo así lejos de las ciudades, donde tendría, dice la lógica, más público. Aunque la lógica no siempre funciona y aquello era un éxito que además, según me enteré después, lleva ya algunos años a pleno rendimiento.
Sin apenas mirar la carta, pues teníamos claro lo que fuimos a buscar, pedimos al rápido servicio un par de perritos calientes (uno clásico y otro que me dijeron que era el especial) y unas papas fritas. Para beber, una cerveza y una botellita de agua. Estaban ricos, esa es la verdad. Una salsa secreta por aquí, un crujiente por allá, una cebolla roja por aquí, otra caramelizada por allá. No eran los clásicos perritos calientes de feria, pero no dejaban de ser aquello para lo que fueron creados: una salchicha entre pan acompañada de salsas, por muchos nombres y apellidos que lleve aquello. Comida rápida, popularmente conocida como comida basura. Comida barata, para un apuro o un antojo; para esa recompensa infantil, para tantos cumples y fiestas.
La cuenta
La sorpresa -otra más- llegó cuando tocó pagar. Al llegar la cuenta a la mesa fui a pagar como pedí, sin mirar. Total, un par de perritos no podía suponer mayor historia. Al ir a pasar la tarjeta por el datáfono, me pareció ver una cifra un tanto extraña, hasta que me acerqué bien y le advertí al camarero el error: había marcado 28 euros. Él me miró con cierta ternura, pero también con la firmeza para advertir, ahora él, que aquello no era ningún error. Le recordé los productos que habíamos consumido: “Dos perritos calientes, unas papas fritas, una cerveza y un agua pequeña”, dije ilusionado, con la esperanza de que fuera él el perdido. “Lo sé, señor. Lo tengo aquí marcado, son 28 euros. ¿No vio usted la carta?”.
Al verla, una vez pagada la multa, confirmé que aquello no era un chiste. Ninguno de los perritos bajaba de diez euros, más las papas y las bebidas, pues el susto final. Miré a mi alrededor como si fuera yo el único cuerdo del abarrotado lugar, pero aquellos pibes estaban felices devorando hamburguesas de 15 euros (también lo miré en la carta) y me di cuenta de que el extraño era yo. ¿En qué momento una salchicha tipo Frankfurt con salsas cuesta más de 10 euros?
Lo de las hamburguesas, que ya hemos tratado en este espacio, no solo lo hemos asumido, sino que además formamos parte del espectáculo burger, muy rentable para unos y catastrófico para la cartera de otros. No sé si es algún tipo de rebeldía juvenil o, efectivamente, la nueva generación es preocupante. Claro que siempre, de jóvenes, comíamos perritos y hamburguesas, pero no me imagino de chiquillo pidiéndole a mi padre 40 euros para ir a cenar, a no ser que aquello fuera un homenaje justificable, y no una hamburguesa con colegas.
Hemos normalizado la carestía de la mediocridad, y los que la ofrecen se han aprovechado de esa especie de cultura pop que suponen estos establecimientos. Esto no va de inflación, ni de lo cara que está la cesta de la compra. Esto va, me temo, de una moda que a más de uno ya se le ha ido de las manos y acabará explotando por algún lado. Estoy cansado de la mediocridad a precio de oro. De la basura a precio gourmet. Y lo bueno de verdad, claro, se paga el doble. Tiene su lógica, si el tipo de los perritos calientes a diez euros está lleno, pues yo puedo duplicar precio que no pasará nada.
Basura gourmet
Y así, desde hace ya un tiempo prudente, hemos entrado en una dinámica peligrosa de precios en la hostelería abusivos, desde el margen en las botellas de vinos (muchos cobran por tres el valor real) hasta platos sencillos a precio de ostras y caviar por aquello de la creatividad detrás del cocinero. Y así, claro, los más baratos (los pocos que quedan), como los pisos baratos en alquiler, están más bien para cerrar y demoler.
Ya no hay mucha diferencia en Canarias, en cuanto a precio, de un restaurante bueno y de uno con estrella Michelin. El bueno te cobrará 70-80 euros la cabeza, si uno va acompañado de gente a la que le guste comer y beber. El de estrella tiene menús por 90 y 100 euros. Los bares de menú del día, donde solía uno encontrar cosas interesantes y comías primero, segundo, postre y bebida por el mismo precio que el jodido perrito caliente, han ido desapareciendo en silencio.
Lloramos y nos lamentamos cuando cierra el histórico sitio de perritos calientes de la ciudad, pero nadie se queja por ese bar que hacía el milagro de alimentar a familias a precio de saldo y con una calidad aceptable. Lo que hay ahora, con la excepción de algunas casas de comidas, a las que cada vez respeto más, es un desastre. Esos guachinches de ínfima calidad no paran de recibir a comensales de ínfima sensibilidad gastronómica, que comerían mejor yendo a cualquier mercado y cocinando en casa. Pero claro, no quieren perder ese mal llamado lujo de comer fuera de casa.
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