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Desde la barra

Hasta los huevos… se cansan de los egos

Ahora que estamos en agosto, permítame una reflexión de barra de bar. O, si lo prefiere, de hamaca de playa

Un huevo sin mucho ego.

Un huevo sin mucho ego. / LP / DLP

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José Luis Reina

José Luis Reina

Las Palmas de Gran Canaria

Agosto es un mes raro. Mientras media Canarias decide entre playa o piscina, algunos de nuestros mejores cocineros presentan nuevos menús. Todo medido al milímetro. Producto, técnica, vajilla y relato. Siempre con un ojo puesto en Michelin. Hasta ahí, todo normal. El problema empieza cuando el plato deja de ser el protagonista y lo sustituye el ego.

He escuchado más de una vez aquello de que determinados asuntos “son una cuestión de huevos”. Pero los huevos tienen bastante menos ego que algunos cocineros. No nos engañemos. Existe una competitividad sana y otra bastante menos sana por convertirse en la referencia de la alta cocina canaria. No es nuevo. Ya ocurrió con la revolución gastronómica francesa. Lo que ha cambiado es el escaparate.

Hoy ese escaparate es mucho mayor. Influencers, caraduras varios, periodistas demasiado complacientes y demás habitantes de este pequeño circo hemos contribuido, cada uno a nuestra manera, a fabricar personajes donde antes solo había cocineros. Durante demasiado tiempo, el periodismo gastronómico de esta tierra ha confundido informar con promocionar, compartir mesa con compartir criterio. Y ahí también conviene hacer un poco de autocrítica.

Un periodista gastronómico no está para completar una estrategia de comunicación. Está para contarle al lector lo que ocurre al otro lado de la mesa. Porque todavía hay quien confunde el prestigio con la autoridad. Y son dos cosas muy distintas. Durante este mes de agosto recorreré unos cuantos menús degustación. Confío —iluso de mí— en encontrar grandes platos, mejores conversaciones y ningún cocinero con vocación de editor. Ni uno dispuesto a señalarme qué debería destacar de este o aquel pase. La cocina admite sugerencias. Una redacción, bastante menos.

También conviene recordar otra realidad que rara vez aparece en los discursos grandilocuentes. Sin las perras de la empresa no hay vajilla buena, ni materia prima premium, ni bodegas infinitas. Buena parte de la alta gastronomía canaria sería hoy imposible sin el músculo económico de los hoteles y de las empresas que la sostienen. Es lo que somos. Y, sinceramente, tampoco pasa nada por reconocerlo.

Sirva esta reflexión, con agostocidad y alevosía, para pedir una sola cosa: que el ego no termine ocupando más espacio que el plato. Las estrellas Michelin premian platos. Y cuando el ego ocupa más espacio que el plato, hasta los huevos se cansan de los egos.

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