Seguro que desde el sábado han leído, visto, y escuchado algo no sólo sobre la gala de los premios Goya sino sobre los Goya y los orcos, en concreto los orcos del estado. Fue, como saben, una equivocación, o no, del presentador. Dani Rovira empezó a hablar como si disparara verbos, ideas, reproches, frases y gestos dirigidos al ministro presente en la sala, al del ramo de la cultura -Pedro Almodóvar, menos elegante, dijo que Juan Ignacio Wert no estaba incluido, y aquello sonó como un latigazo-, y le hizo ver que si el cine va bien, «los orcos del Estado también lo notan». Cambió orcos por arcas. Pero sonó muy bien.

Ese orco irrumpió en el primer monólogo del cómico, que como actor se llevó el Goya al actor revelación por Ocho apellidos vascos, formando parte de uno de los comienzos más potentes de la gala de los premios del cine español.

La irrupción en el escenario en riguroso playback de buenas voces combinando canciones de hoy con coplas de ayer fue vibrante, todo un alegato que acabó en uno de los momentos álgidos de la noche, el de todos cantando con la estática rotundidad de las reivindicaciones el clásico y siempre eficaz Resistiré del Dúo Dinámico. Impresionante. El público entendió el mensaje y se puso en pie. Creo que es la primera vez que pasa. En casa se vivió con idéntica emoción.

Lo que no entiendo bien es qué pasó después para que la gala se precipitara de lo sublime hacia un abismo de lánguida grisura. Hasta el chispeante Álex O’Dogherty naufragó como un fardo pesado. Hasta Miguel Poveda estuvo fuera de lugar cuando faltaban los cuatro premios más importantes. A ver si los orcos de verdad hicieron de las suyas. Ah, Dani, soberbio.