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"Euphoria": De la purpurina al western

Imagen promocional de la tercera temporada de Euphoria. / Redacción
José Antonio Martínez Perallón
Euphoria ha vuelto. Y no lo ha hecho para reconciliarse con sus personajes, sino para terminar de romperlos. La tercera temporada de Euphoria llega a HBO Max tras cuatro años de retrasos y con una sensación extraña: la de ser, al mismo tiempo, necesaria y fuera de lugar. Tras el final de la segunda entrega quedaron tramas abiertas que apuntaban claramente a una continuación. Pero el salto temporal que plantea esta nueva etapa convierte muchas de ellas en irrelevantes, como si el propio paso del tiempo hubiera arrasado con lo que importaba entonces. Sobre el papel, estos nuevos episodios llegan para cerrar la historia de sus personajes. En la práctica, parecen más interesados en mostrar en qué se han convertido. Pero basta un capítulo para comprobar que no hay nada complaciente aquí: esto no es un epílogo, es un ajuste de cuentas.
Había un problema evidente. El tiempo ha pasado, quizá demasiado, y ya no tenía sentido seguir fingiendo que sus protagonistas seguían en el instituto, como si esto fuera Stranger Things. Élite ya fue de las que se rió de esos actores treinteañeros interpretando a estudiantes de Secundaria. Entre la pandemia, las huelgas y las agendas imposibles de su reparto, el retraso ha terminado por imponerse también dentro del relato. Y la serie ha optado por no disimularlo: salto temporal y personajes enfrentados, por fin, a la edad adulta.
El cambio desconcierta. El tráiler insinuaba un giro de tono casi de western, más cerca de Breaking Bad o del universo de Quentin Tarantino que del universo adolescente de neón con el que se dio a conocer. Durante unos minutos, parece otra serie. Pero no tarda en quedar claro que no lo es. Toda la acidez de Sam Levinson sigue ahí. Y quema más que nunca. Porque si antes todo era rosa (o, en su caso, rosa neón), ahora ya no queda ni el color. Solo la resaca.
La serie abandona definitivamente cualquier ilusión juvenil para enfrentarse a una pregunta más incómoda: qué queda de estos personajes cuando desaparecen la fiesta, la estética y la excusa de la edad. La respuesta es devastadora. Desde el arranque, el descenso a los infiernos es literal. Rue (Zendaya) trabaja como mula para una red de narcotráfico tras contraer una deuda imposible. En una de las primeras secuencias, cruza la frontera con México en un todoterreno que termina quedando atascado en lo alto del famoso muro de Trump: incapaz de avanzar, incapaz de retroceder.
La imagen es demasiado precisa para ser casual. Rue, y con ella toda una generación, ha quedado suspendida en el vacío. Ya no puede volver a la inocencia, pero tampoco sabe cómo enfrentarse a lo que hay al otro lado. Ahí es donde la serie se vuelve más incómoda que nunca. ¿Estamos ante una metáfora de la América de Donald Trump, con ese muro convertido en símbolo de un mundo cada vez más hostil y deshumanizado? ¿O es, en realidad, una representación brutal de cómo las adicciones vacían a quienes las sufren hasta dejarles sin identidad? Probablemente ambas cosas.
En ese viaje de vuelta de Texas a East Highland en California, se refugia en casa de una familia que bien podría ser el prototipo del votante medio de ese presidente al que le ha dado por pensar que es Jesucristo. De esos que miran con recelo a todo lo que viene de la frontera del sur y presidiría la Asociación Nacional del Rifle mientras bendice la mesa en Acción de Gracias. El caso es que su estancia en esa casa hace que Rue se plantee abrazar la fe. Aunque también, más adelante, conoce a un proxeneta que puede ser su alternativa para dejar de ser una mula. La confirmación de que estamos en un mundo de extremos.
En este regreso, por el momento no hemos visto a Jules (Hunter Schafer), aunque ya han mencionado que se gana la vida como “sugar baby”. Todo apunta a que seguiremos viendo a su personaje y que posiblemente tenga algún episodio centrado en ella. De ser uno de los personajes principales de la serie, en la segunda ya pasó a estar devaluada y la elección de su modo de vida ha generado gran polémica entre los seguidores de la serie. Creo que lo que está pasando tanto con ella como con Rue era una de las alternativas del modo de vida que tenían.
Del mismo modo que el personaje de Sydney Sweeney que se plantea abrirse una cuenta en Onlyfans para financiarse los 50.000 dólares de arreglos florales con los que pretende deslumbrar en esa lujosa boda con la que había soñado. La temporada nos la presenta como “creadora de contenido” subiendo imágenes de perrito sexy a TikTok. Como si fuera un therian. Su personaje de Cassie nunca ha tenido escrúpulo alguno para humillarse con tal de conseguir que la desearan.
Por no hablar de su prometido, Nate Jacobs (Jacob Elordi) que siempre fue el malo de la serie. A alguno le ha sorprendido la violencia con la que trata a Cassie, cuando siempre se nos ha presentado como un asesino en potencia. No hay nada en la evolución de los personajes que no estuviera ya en el principio de la serie. Todo apunta a que sigue los pasos de su padre no solo en su modo de tratar a los demás y a las mujeres, sino en su forma de llevar los negocios.
Por cierto que la serie arranca con un homenaje al actor que interpretó a ese personaje, Eric Dane, recientemente fallecido a causa de la ELA. En esta temporada veremos la interpretación póstuma que hizo para la serie, un recordatorio de que la fragilidad de la vida real siempre acaba superando a la ficción.
Si alguien esperaba redención, este primer episodio se encarga de desmontar cualquier expectativa. Sam Levinson no ha vuelto para ofrecer un final feliz, sino para acompañar a sus personajes hasta el desguace definitivo de sus vidas. Es el fin de la purpurina.
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