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La odisea de contar unos Juegos

Los enviados especiales de la prensa española reciben luz verde para cubrir los Juegos a veces minutos antes de embarcar hacia Japón

Un grupo de periodistas en el control de entrada al país, en el Aeropuerto de Narita. | |

Un grupo de periodistas en el control de entrada al país, en el Aeropuerto de Narita. | |

Para que el lector pueda encontrarse con estas líneas escritas en la terminal internacional del gigantesco aeropuerto de Haneda, a 33 kilómetros del Estadio Olímpico de Tokio, el periodista que las firma ha tenido que pasar por la misma odisea que el resto de enviados especiales de la prensa internacional.

A saber: registro de temperatura cada día y durante 15 consecutivos a través de una plataforma de nombre Icon, geolocalización del móvil semanas antes de entrar en territorio nipón, rellenar un sinfín de datos a preguntas a veces asombrosas (¿pretende usted entrar al país con varios lingotes de oro?) y lo más costoso, conseguir que primero la organización de los Juegos y a continuación un ministerio japonés autoricen el plan de actividades descrito al milímetro y al detalle.

Así que hace semanas que los enviados especiales hemos tenido que decidir si el sábado vamos a esperar en la línea de meta el sueño metálico de Alejandro Valverde; o si vamos a estar en el judo, el taekwondo o el foso de tiro. También si vamos a volar hasta Sapporo para ver juguetear con el balón a Pedri, para lo cual en algunos casos ha hecho falta hasta una carta rubricada por la FIFA y el COI para que así a algunos compañeros les dejen llegar donde ya está la selección española.

Muchos de los periodistas recién aterrizados llevan noches sin dormir, dando respuestas a correos de la organización enviados a las tres de la madrugada -trabajann solo en horario japonés- y hartándose a llamar ni se sabe a cuántos teléfonos. Algunos hasta contactamos con la Embajada, por cierto absolutamente eficaz, para encontrar al fin el salvoconducto para acceder a Tokio. Y después de tanto esperar, tanto rellenar formularios y hacerse PCR (dos antes de volar, la última a menos de 72 horas de llegar a destino y además con la traducción al japonés del resultado final), sabe casi a medalla de oro cuando justo en el momento previo al embarque del penúltimo avión en la ruta al País del Sol Naciente, uno recibe el e-mail definitivo. “Su plan de actividades ha sido aprobado”.

Los menos afortunados se han visto abocados a afrontar tres días de cuarentena forzosa en la habitación del hotel. Y por supuesto quienes no completan la ruta porque les deniegan el embarque en la ciudad de tránsito (por ejemplo en Frankfurt). Pero quedan más líos y enredos: recoger unos tubos de ensayo para hacerse uno mismo pruebas de saliva que hay que remitir en tiempo y forma para que sean analizadas; darse de alta en una aplicación de reservas de asiento para no quedarse sin butaca en el tenis, el fútbol o el bádminton; y por supuesto abstenerse de usar transporte público ni ir caminando a ninguna parte. Para quien quisiera venir a Tokio a pasear, que vaya olvidando tan osado atrevimiento. Y aún si cualquier periodista tuviese la mala suerte de que le denunciara un ciudadano japonés que le viese haciendo algo que no sea trabajar, dicen que corre el serio riesgo de ser deportado. Todo está bajo control. Si no, el móvil avisa. Adiós, libertades individuales. Hola, Tokio 2020.

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