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Opinión

ELISA RODRÍGUEZ COURT

LA NIÑA DE BASORA

No es una niña cualquiera. Es la niña iraquí que tenía por entonces ocho años, con nombre y apellido, una familia determinada, un domicilio concreto y rebosante de sueños. Fue asesinada durante la guerra de Irak, mientras jugaba en una calle de Basora. Un fusilero a bordo de un tanque británico la divisó, le disparó y cayó muerta. Sin motivo. Hasta ahora se escondía entre 400.000 documentos internos del Ejército de los Estados Unidos, divulgados por Wikileaks en contra de la voluntad del Pentágono. Estos informes ponen al descubierto los abusos sistemáticos, las torturas y las ejecuciones cometidos durante la guerra de Irak por Estados Unidos y las tropas aliadas e iraquíes.

La niña parece mirarnos hoy desde un cuadro, una de esas obras de arte fascinantes que muestran una escena de la vida cotidiana. Aparece como ser anónimo en la calle, jugando ajena a la guerra, concentrada en las musarañas. Segundos antes de caer muerta, exhibe un rostro de resplandeciente inocencia y un pie en el suelo y el otro algo elevado, detenido en su movimiento. Irradia la misma vida que esos niños en la playa retratados por Sorolla o los niños jugando a los dados, de Murillo, o los muchachos trepando a un árbol, de Goya. Criaturas cándidas, indiferentes al mundo, juguetonas.

El asesinato de la niña, al igual que el exterminio de miles de víctimas desvelado en los documentos, no es tan siquiera producto de los grandes bombardeos, ni de eso que llaman "efectos colaterales". Forma parte de disparos al azar desde vehículos, de matanzas en puestos de control, de asesinatos premeditados. Antes de alcanzarle la bala, la niña jugaba en la calle. Desconocida como esos niños de los lienzos de célebres pintores, comparte con ellos un anonimato en cuyo reverso se dibuja la existencia única e irrepetible, sagrada, de cada persona.

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