Los intelectuales, esos que están comprometidos con las altas funciones de defender los valores eternos y desinteresados como la justicia, la verdad y la razón, se han hecho invisibles para el resto de la sociedad. La democracia que se ha instalado en este país en manos de cantantes, ricachones de un día para otro y políticos mediocres, ha hecho del intelectual un traidor de sus funciones y lo ha convertido en un individuo deshonesto y cobarde en pro de intereses moralmente distintos. Refiriéndose a los periodistas y a los intelectuales, George Orwell decía que la deshonestidad y la cobardía siempre se pagan. No vayan a creerse que por años y años pueden estar haciendo de serviles propagandistas de cualquier régimen y después pueden volver a la honestidad intelectual. Eso es prostitución y nada más que prostitución.

Según el filósofo Julián Benda, autor de "La traición de los intelectuales", uno de los ensayos más notables del siglo XX, hay dos tipos de civilización: la civilización artística e intelectual y la civilización moral y política. Estas dos civilizaciones coexisten en las verdaderas democracias pero han estado excluyéndose en nuestro país. Hemos descuidado la promoción del arte y de la ciencia y gozamos de un nivel bajísimo de moralidad entre muchos de nuestros políticos, más preocupados en servirse a sí mismos que en servir a sus ciudadanos. Una de las actitudes por la que tantos intelectuales traicionan su función es la exaltación del Estado monolítico. Esta enfermedad, propia de la dictadura de los partidos que exigen la disciplina del voto a sus afiliados y obediencia ciega del sujeto, es algo inconcebible en las democracias anglosajonas donde los diputados mantienen su independencia y las decisiones se alcanzan con votos de los políticos del partido gobernante y/o con los de los partidos que no gobiernan. Aquí se da la paradoja que por muy mal que lo hayan hecho los gobernantes, muchos preferirán que se hunda el país antes que cambiar su voto de "siempre".

Como recuerda Benda, en la época de los fascismos triunfantes, el intelectual traicionaba su deber cuando aceptaba lo injusto porque era un hecho y lo proclamaba justo porque encarnaba lo que en ese instante era la voluntad de la historia. Cuando el universo se arrodilla ante el injusto que se ha vuelto amo del mundo, la ley del intelectual es quedarse en pie y oponerle la conciencia humana. En España se ha exigido la retirada de estatuas y el cambio de nombre de calles que hacían alusión al franquismo. Sin embargo, los intelectuales han callado cuando quienes gobernaron en aquel régimen siguen figurando en listas electorales y nos representan o gobiernan en la actualidad en ayuntamientos, cabildos, parlamentos autonómicos, Congreso y Senado, moviendo hilos bajo el paraguas de una democracia intoxicada por demagogos y corruptos.

Las siglas de algunos partidos políticos parecen un polinomio y muchos de los candidatos que aparecen en las listas al Congreso o al Senado carecen de "time" (talla intelectual mínima exigible). En los discursos de estos salvapatrias, nunca se dio tal abundancia de partidarios del arrebato intuitivo y de la amnesia repentina por el desastre social y económico que han creado. Oyéndoles hablar se diría que tienen nulo interés por la verdad. La única explicación posible es que hasta aquellos que pensábamos que eran más evolucionados, siguen todavía en la infancia. Un fenómeno muy extendido entre políticos y falsos intelectuales es lanzar afirmaciones gratuitas sin coherencia que no resuelven ningún asunto serio. No conozco ninguna frase, afirmación o pensamiento brillante para la posteridad que haya salido de ninguno de nuestros dirigentes políticos en las últimas tres décadas.

Nos hemos convertido en una sociedad sin punto de referencia moral, que vive en una profunda contradicción y en la que los intelectuales le han hecho el juego a las pasiones políticas y no se les ha visto la más mínima protesta contra los excesos cometidos por los gobernantes. Este silencio no ha sido dictado por la prudencia sino por su cobardía y complicidad con el endiosamiento del político. Después de todas las manifestaciones que no han tenido lugar en los últimos años y en las que ninguno de los intelectuales de pacotilla hayan salido a la calle, ¿van a tener la desvergüenza de salir ahora? ¡Cagarrutas! Decía Plutarco que el hombre no es una planta hecha para quedarse inmóvil con sus raíces fijadas al suelo en el que nació. Con el declive del conocimiento y la sequía intelectual e ideológica en España, la traición de los intelectuales es culpable de lo que denunciaba Aristóteles: que los ciudadanos seamos como un ejército permanente en un país conquistado. Buen día y hasta luego.