Los argumentos profanos acerca de la planta regasificadora de Gran Canaria pueden ser interesantes, amenos e instructivos. Pero son profanos. Es de suponer que si el alcalde capitalino y el presidente del Puerto necesitasen una justificación cientifica de su necesidad y de las exigibles condiciones de seguridad, apelarían a prestigiosas consultoras con nombre y apellidos, no difusos informes a la carta. La puesta al día de este asunto nos hace temer un tedioso "deja vu", la repetición literal o amplificada del argumentario del "no", muy barroco y arborescente en la palabra de los aficionados. Los del último "si" -Cardona, Bravo de Laguna e Ibarra- tendrán que convencernos de que el "quantum" energético del gas no pueden reemplazarlo las renovables en plazo análogo. Si no empiezan por ahi, malo.

Puedo equivocarme, pero barrunto que el presidente del Puerto "recupera" la ubicación en Arinaga a modo de velado ultimatum. La zona sureste sabrá que si rechaza de nuevo la planta del gas no acabará con ella sino con la posibilidad de tenerla en su territorio. Porque ahora hay una alternativa llamada Roque Ceniciento, ubicada en terrenos militares del Puerto de Las Palmas de Gran Canaria que ya están siendo preparados para usos civiles. El tendido y el calibre de la tubería es ambivalente. Desde la capital hasta la central eléctrica de Juan Grande no tiene por qué ser más compleja que desde Arinaga a Las Palmas para dar el llamado gas-ciudad a los domicilios de la capital. Eso es lo que nos explicaron a los representantes de las empresas invitadas a integrar la primera Gascan: que la necesidad del servicio no se reduce a usos industriales sino que abarca un suministro doméstico hoy dependiente de la producción de energia eléctrica o del butano, otros dos derivados -más costosos que el propano- del negro combustble fósil y no renovable.

Me parece que, en su momento, dí al alcalde de Agüimes la primicia de que las empresas privadas se retiraban de Gascan, y lo digo por deducción de la feliz sorpresa con que me escuchó. Pero aquella retirada no reflejaba un desistimiento ante la contundencia de la oposición profana sino el hecho de que las empresas invierten cuando pueden y lo ven claro, no cuando las aburren con debates y agitación. Morales ganó una batalla pero no la guerra, como él bien sabe. Aún puede ganarla si prende en la capital la llama contestataria del sureste, porque hasta el más indiferente ve consolidada la alternativa de Roque Ceniciento y la escasa voluntad de forzar el interés general instrumentado contra el "no" de Arinaga. Estos tiempos ya no son aquellos: o crean actividad y empleo o nos ahogamos.

Pero lejos de mí la tentación de hacer predicciones. Al fin y al cabo, no soy más que otro profano.