Dominique Strauss-Kahn mantiene relaciones sexuales por la noche en Nueva York. Al mediodía siguiente, sostiene de nuevo un intercambio sexual con una camarera de su hotel neoyorquino, y esa misma tarde parte hacia Europa para entrevistarse con Angela Merkel. Por fortuna, fue detenido en el avión que lo trasladaba a París. El cocinero de Gadafi afirma que su jefe se acostó con todas las integrantes de su célebre guardia pretoriana de amazonas. El dictador libio no distinguía de género a la hora de practicar el sexo, según la misma fuente. Al igual que sucede con Strauss-Kahn, se reseña su brutalidad en el trato carnal. Cualquier mención a Berlusconi sería redundante, pero procede citarlo para acumular argumentos a favor de la tesis central de este artículo. El poder mejora el apetito sexual, y el poder absoluto lo mejora absolutamente

Tal vez hemos colocado un énfasis excesivo en los sacrificios que asumen los gobernantes, me pregunto mientras me entero de las fotografías que las prostitutas de Lille se hicieron en el despacho del director del Fondo Monetario Internacional. Las ilustres damas estaban recién llegadas de Francia, cuando el insaciable Strauss-Kahn desempeñaba aquella potestad.

A la vista de la reiteración y la reincidencia, habrá que conceder crédito a Fernando Arrabal, cuando concluye que "la fama es el opio de los triunfadores porque donjuaniza". El arrepentimiento sólo sobreviene si los portentos amatorios se ven descubiertos. Strauss-Kahn admite que se ha corregido, en el libro que acaba de dictar. También Clinton y unos centenares de políticos estadounidenses pidieron perdón de la mano de sus respectivas esposas, pero nunca de las mujeres que les brindaron una felicidad bien que pasajera. El ascetismo del poder empezó a resquebrajarse a raíz de la confirmación de que Mao había querido convertir al comunismo a cada una de sus conciudadanas, cuerpo a cuerpo. Hasta entonces, la exacerbación sexual estaba patrimonializada por capitalistas decadentes como John Kennedy, de quien cabe preguntarse qué porcentaje de su tiempo libre dedicó a gobernar.

La vieja Europa ha perdonado el donjuanismo a varones tan poco sospechosos como Jacques Chirac, cuyos "cinco a siete" determinaban el minutaje antes que el horario. Mitterrand tenía más amantes que Picasso, y hasta John Major sufrió la pulsión sexual por fortuna inconclusa. La pregunta es, ¿resulta tan frecuente el adulterio entre políticos como en profesiones más relevantes?