Después de dejar atrás el mes en que por tradición rendimos emotivo tributo de oración, recuerdo o flor, para nuestros Santos y Difuntos, estamos en el que aparecen figuras, voces y sones que anuncian la Navidad.

Aparte de los históricos de tradición, se evocarán lejanos tiempos en que, aún niños y sin apenas saber hablar, agarrados a la mano de nuestros padres y abuelos cantábamos villancicos.

Este año será igual, aunque los abuelos y bisabuelos que canten no serán aquellos, sino nosotros, ahora envejecidos, junto a la inocente infancia y chiquillería del presente.

Ésta de ahora será la Navidad de siempre, salvo alguna diferencia de esas que como hierba lateral salen en los caminos, y que los jóvenes de hoy, sin perspectivas para comparar, no perciben. Cosa tan lógica eso de no percibirlas como ceguera y torpeza sería que quienes más años y Navidades llevan metidos en esta batalla de seguir en la vida, no apreciaran haber conocido desiguales ambientes a lo largo de los tiempos.

Los conocen mejor los ciudadanos veteranos con saco grande en el que llevar todavía sus años; los que, pasados cuando menos 80, han vivido Navidades bajo firmes techos o improvisados sombrajos con dispares influencias gobernantes; los que vivieron esas fechas con mayor o menor número de luces y fogones encendidos. Ellos sí notaron diferencias, pero visto y sabido es que, vengan de donde vengan, siempre resultarán incapaces de vaciar, erosionar, torcer o envenenar el espíritu que entraña y representa la hermosa y gran historia de la cristiandad. En esencia está claro que seguirá siendo la misma.

Ya oímos pues, con gusto y razón, sones, voces y figuras de la Navidad.

La significación de sus principios es difícil de borrar.