La Casa Real e Iñaki Urdangarín -se dice que de mutuo acuerdo pero no a propuesta de quién- han acordado que el Duque de Palma no participe, de momento, en ninguna actividad oficial de la familia real,

El Museo de Cera ha actuado en contundente consecuencia. No ha enviado la figura al museo de cera de Washington (acaso porque no haya correspondencia) pero ha sacado al yerno del Rey del decorado palaciego y lo ha llevado a la sección de los deportes, vestido de sport, no de deportista, para que tampoco luzca las camisetas del Barça o de la selección, con el que tocó bronce. Donde no hay más cera que la que figura, no es precisa la presunción de inocencia.

La figura de Urdangarín aparece mirando a los deportistas, envejecida y con las manos en los bolsillos, una postura socialmente sospechosa que se atribuye, por igual, al que no hace nada y al que embolsa. Incluso al que embolsa por no hacer nada.

En una figura, cualquier sentido es figurado. Así se pudiera entender que, fuera del deporte y de la actividad oficial de la familia real, la figura de Urdangarín no tuviera qué hacer. Pero las figuras de cera no tienen quehaceres. En la vida real, las figuras que no tienen quehacer se convierten en figurones. Hubiera sido mejor, se piensa ahora.

Sin ser de cera, los reyes siempre son figuras, hablemos de la baraja o de España y su cuestionada unidad.

Cambiando radicalmente de tema, los museos de cera deberían acentuar las peculiaridades nacionales. En Londres hay una cámara de los horrores, donde aparecen figuras de los ejecutados en la revolución francesa y famosos asesinos. En España no tuvimos una revolución así y disponemos de una pobre tradición de asesinos en serie. Nuestro equivalente debería ser una cámara de la corrupción en la que nunca faltarían figuras, vivas y muertas, reales y plebeyas.