Al día siguiente del discurso de investidura de Mariano Rajoy dos viajeros del 'Global' que iban al 'Hoyo' desde Santa Brígida, solo recordaban que el nuevo presidente iba a acabar con los puentes, desplazando los festivos a los lunes; que no iba a congelar las pensiones pasado el periodo de contención decidido por Zapatero, y que tampoco iba a revisar la jubilación a los 67 años aprobada en las Cortes. A muchos ciudadanos el programa anunciado por el líder conservador les ha sabido a poco, como si fuera el famoso parto de los montes en que después de muchos temblores y ruidos solo apareciera un ratón. Una funcionaria sintetizaba su frustración: "El PP ha dicho toda la legislatura que lo que hacía el Gobierno estaba rematadamente mal, que donde ZP hacia esto ellos harían lo contrario, y de repente, en una sesión cortesana, resulta que lo que anuncian los tremendistas es un claro continuismo". Flop.

El cambio de que se ha hablado en el Congreso se ha quedado en matices. Por eso es previsible que haya algo más, y que el Consejo de Ministros aplique el procedimiento del gota a gota. El goteo pasa más desapercibido, no tiene consecuencias sísmicas ni cataclísmicas, no provoca grandes escándalos ni manifestaciones, al menos al principio. Aunque la experiencia de las huelgas generales desde la Transición y las grandes protestas de masas demuestra que ante determinadas reformas, incluso cuando sean inevitables, puede explotar una reacción de consecuencias imprevisibles. Artur Mas, a quien Rajoy ha citado en varias ocasiones por la dureza de los ajustes en Cataluña, ha precedido a Rajoy en la graduación de la descafeinización del 'estado de bienestar' a la europea con la disculpa del ajuste fiscal. Los recortes y el 'estilo Cospedal', una imitación 'prêt a pòrter' del modelo de Esperanza Aguirre, donde el enfurruñamiento sustituye al desparpajo de la baronesa, pueden servir como 'mapa del tiempo' de lo que hay verdaderamente detrás de las palabras y los gestos iniciales del nuevo presidente.

A Mariano Rajoy no se le puede juzgar episódicamente; apenas cumplidos veinte años entró en política por la puerta de la Diputación de Pontevedra. Cuando la primera crisis de la derecha en la Xunta de Galicia, años 1986 y 1987, ya se le consideraba la 'gran esperanza blanca de los conservadores. Desde esa época mantiene el mismo talante: puño de hierro en guante de seda, entre las volutas de un buen habano, y la apasionada lectura de los periódicos... deportivos. Quizás no haya destacado por su gestión, nadie suele recordar sus leyes más importantes en los ministerios por los que ha pasado o los hitos que jalonan su trayectoria. Diríase que su característica esencial es estar y hacerse notar lo necesario, más por las formas y la dialéctica romanónica que por el fondo. Un buen ejemplo ha sido su estrategia de oposición sin cuartel: hacer las cosas 'como Dios manda' no era una muletilla, era la manera de evitar compromisos y de ofrecer alternativas por dos razones: una, porque la aplicación de las directrices vía UE era obligada, y dos, porque la filosofía y las reformas propias de la ideología neoliberal y de los mercados financieros que encarna el PP y sus socios europeos de la misma cuerda no se podían anunciar para evitar el riesgo de perder votos en la campaña electoral.

Por eso la sesión de investidura ha sido tan 00, y los acuerdos del Consejo de Ministros hasta pasadas las importantes elecciones andaluzas, serán igualmente edulcorados para no asustar al electorado de centro y centroizquierda que se ha asustado por los balidos de la oveja, sin que el vendaval le deje oír los aullidos del lobo. Pero los dos próximos años, pasado el periodo táctico, serán con alta probabilidad muy duros y conflictivos. A muchos se les aparecerán Monti y Papademos en sus pesadillas.

(tristan@epi.es)