Todos los dirigentes del PP están lanzando un par de mensajes muy claros a la ciudadanía: uno, ante las críticas por la dureza de los recortes, que "para eso nos han elegido los españoles". Lo ha dicho Mariano Rajoy hasta la saciedad. Otro: "Los socialistas se han echado a la calle organizando manifestaciones". La ultraderecha atrincherada en La Razón y ABC es más clara aún: con la foto de los incendios en la calle provocados por grupos incontrolados de estudiantes en Barcelona una acusación directa: 'la oposición del PSOE'. Volvemos, pues, a las andadas, cuando la justicia vuelve a cerrar de un portazo los últimos intentos de reavivar la conspiranoia del 11-M. A conspiración muerta, conspiración puesta. Y como música de acompañamiento los pitos y flautas que disimulan la ley del fonil. "Acusar al PSOE de organizar a los violentos es una gamberrada", dice un viejo conservador isleño. Se enardece al teléfono. "Dejémonos de puerilidades. Que Mariano nos diga de verdad qué pasa".

¿Acusó el PSOE alguna vez al PP de estar detrás del 15-M y de las marchas y algaradas de los 'indignados' que contribuyeron al descrédito de Zapatero en la recta final de la legislatura? No. Sin embargo el PP sí salió a la calle, sacando pecho, 'contra ZP' bien fuera por un roto o por un descosido. ¿Cuántas veces acusaron al gobierno socialista de colaborar con ETA por no ilegalizar a las 'marcas' abertzales? Aún hoy algún documental ofrece la rotundidad con la que María Dolores de Cospedal aseguraba que lo primero que harían al llegar al Consejo de Ministros sería ilegalizar a Bildu (y sus derivados) y no como el PSOE que le da aire a ETA. ¿Y qué han hecho? Pues lo mismo que el PSOE: actuar con sentido común, aunque la mayor parte de su parroquia atraviese una fase de desconcierto catatónico. Pero el desconcierto se cura con la fe, que para eso se inventó. Rajoy pide a los suyos fe en vez de entendimiento para que le dejen hacer sus reformas con tranquilidad.

Hasta el último instante de la campaña electoral, Rajoy mantuvo que no tocaría las pensiones, que nunca las rebajaría; mantuvo que no se abarataría el despido, pero que, eso sí, era inevitable una reforma laboral; mantuvo que no se tocaría el 'Estado de bienestar'. Ergo sum, no es cierto que la gente haya respaldado al PP para hacer justamente lo que prometió que no iba a hacer; el voto respalda expresamente lo que se anuncia, e incluso puede extenderse a lo que se silencia o ignora, en aplicación de las inevitables circunstancias. Todo, en esta vida, es según la circunstancia. Pero a los efectos de legitimidad moral no hay respaldo a una cosa cuando se ha prometido la contraria; el respaldo sería a esa contraria.

Las protestas sindicales, y las estudiantiles, y las de los profesores y las de los médicos, y seguramente las de los pensionistas cuando nuevas medidas vuelvan a bajarles las prestaciones, son la lógica expresión de una frustración. El programa del PP 'del cambio' no era el que se enarbolaba, sino otro oculto, escondido con alevosía. En realidad Mariano Rajoy y su equipo prometieron un milagro. Soraya Sáenz de Santamaría lo repitió hasta la enésima potencia: todo mejoraría con que Rodríguez Zapatero abandonara la Moncloa y se fuera a su casa. Con ese solo acontecimiento, se haría el milagro, el déficit se arreglaría con una administración más eficiente -no se puso como modelo ni el madrileño ni el valenciano ni el balear de Matas- y no harían falta los tijeretazos izquierdistas. Y los empleos, encima, crecerían por generación espontánea. Pues mucho me temo que los sindicatos, la izquierda, los colectivos damnificados, en realidad estén apoyando al Partido Popular. Pero al Partido Popular que prometió el cuento de 'Alicia en el país de las Maravillas', y se ha quedado en la Madrastra de Blancanieves cuando se mira al espejo y se cabrea con la respuesta.

(tristan@epi.es)