No hace mucho cuando alguien pretendía cobrar un fallido se decía: "apúntalo en la barra de hielo". Pues en la misma barra va a anotar el ayuntamiento de Barcelona las multas de hasta 1.500 ? que van a poner a los indigentes que pernocten en la calle. A primera vista parece un eufemismo intentar cobrar algo a un insolvente, no obstante el regular mediante una ley las más elementales normas de convivencia parece razonable.

Echemos una mirada a nuestro entorno y nos damos cuenta que en un territorio tan poblado como el nuestro, si no nos dotamos de unas mínimas pautas de comportamiento y educación la vida se puede convertir en un paisaje poco edificante. Son legión los indigentes que se pasan deambulando por las calles y luego cuando llega la noche duermen al raso en cualquier rincón, agarrados a un cartón de vino peleón, mientras un perro atado con un cordel ladra al paso de los viandantes que regresan a sus casas. Esto es el pan nuestro de cada día, amén de desaguar en cualquier parterre cercano.

Esto que parece un esperpento digno de Valle Inclán, es el paisaje que últimamente se prodiga por la ciudad.

Pregunté a un municipal por el asunto, a lo que me respondió que nada prohíbe practicar la mendicidad ni dormir en la calle.

Si tanto se nos llena la boca en decir que nuestra principal industria es el turismo, que lo es, algo habrá que hacer para remediar la ya por sí trágica situación de estas personas, que no solo no tienen dónde guarecerse, sino que, además, van medio desnudos, desaliñados y sin poderse asear.

Tampoco se puede caer en una doble moral que se castiga al desarraigado por una parte, y por la otra no se arbitren medidas para poner freno a esta escalada de los mal llamados "perroflautas" del siglo XXI.

Otro sector que se ha prodigado como hongos últimamente son los "gorrillas" que de forma sibilina atemorizan a los conductores para que a cambio de unas monedas te vuelvas a encontrar el coche tal cual lo dejaste y que, cómo no, tienen dividida la ciudad en territorios donde cada clan impone su ley.

Y ya que estamos metidos en faena, convendrán conmigo en dar un repaso a la pléyade de maleducados que escupen en el suelo, tiran papeles y botellas desde vehículos con la radio a toda pastilla que, saltándose semáforos y pasos de peatones, faltan al respeto de sus conciudadanos a diestro y siniestro.

La sociedad paga bien caro el abandono en que deja a sus hijos, como los padres que no educan a los suyos.