Una sola frase de un pasaje literario es capaz de despertar en los lectores un torbellino de pensamientos. Tomemos una muestra: "La humanidad produce biblias y armas, tuberculosis y tuberculina". Son palabras que pronuncia el protagonista de El hombre sin atributos, de Robert Musil.

Una vez leídas, alzamos por instinto la cabeza para rumiar su contenido. A los lectores les asaltará mentalmente una ráfaga de imágenes e ideas tan diferentes como distintas son las mutaciones que experimenta un libro con cada lectura.

Si una sola frase literaria es capaz de remover nuestro intelecto, habría que preguntarse cuál sería el volumen de cavilaciones que puede provocar una obra literaria entera. Preñada de personajes y atmósferas, detalles e incidentes, nos volvemos presa de sus significados simbólicos. Por lo general, se da por sentado que una mente consciente se oculta tras las palabras en las páginas. Algo nos quiere decir y algo nos llama a desentrañarlo.

Durante el proceso de lectura escudriñamos en el interior de los personajes, en sus circunstancias y motivos. Mientras tanto, nos invaden sentimientos de rechazo, admiración e indulgencia, un conjunto de impresiones dulces y amargas asociadas a nuestras propias introspecciones. Sin embargo, después de cerrar el libro y devueltos ya a la realidad, parece que perdemos nuestra capacidad de reflexionar y de conmovernos. Entonces, las historias de las personas carecen de significaciones más allá de las que sellan nuestros prejuicios. El indigente al que consideramos un héroe en determinada novela es contemplado en la arena de lo real como un ser inmundo. El apreciado universo imaginario de Don Quijote en poder de un sujeto de la calle se censura en nombre de la cordura y la admiración que nos inspira un príncipe idiota en un libro se torna en burla si descubrimos la misma imbecilidad en un individuo de carne y hueso.

Todo un reto, por tanto, leer la vida con los mismos ojos con los que se lee una obra literaria. No se suele hacer y no es culpa de los libros.