El Concilio Vaticano II nació de la lectura de una realidad social no solo europea, sino también africana, asiática y latinoamericana, allí donde las iglesias particulares se encontraban inmersas en un profundo análisis de su servicio al pueblo y donde regiones inmensas seguían siendo colonias exprimidas por las potencias. La vuelta a una praxis política con preferencia en las condiciones del trabajo, se tradujo en una presencia de la iglesia en los ambientes laborales más duros y en la participación política, en unas ciudades que generaban extrarradios inmensos de miseria. Esta iglesia venía del Concilio Vaticano I (1869-1870) -inconcluso- en el que Pío IX declaró la infalibilidad del papa, uno de los dogmas más discutidos hasta la fecha. La jerarquía eclesiástica se hallaba anquilosada, pero muchos teólogos interpretaban el mundo de una forma totalmente nueva. Eran tiempos de crisis existencial, de preguntas por el papel desempeñado por Europa en las guerras mundiales, que produjeron cambios sustanciales en la geopolítica mundial. En el mismo año y mes que empiezan las sesiones, 1962, estalla la crisis de los misiles en Cuba. -En 1959 se había hecho el anuncio del concilio y había triunfado la revolución cubana.

En este ambiente social, político y cultural, el continuo enfrentamiento del ser humano con su realidad, con su existencia alienada, cobra nueva dimensión alimentándose de Sartre y Camus, o con la crítica del progreso y una lectura totalmente nueva del ser en el mejor Heidegger. Pero también entraron en la dialéctica teólogos e intelectuales como J. Maritain, J. Danielou, H. de Lubac, H. U. von Balthasar, J. Ratzinger, Kung o Congar.

Luego vendrían movimientos sociales y frentes políticos como el mayo del 68 o la Teología de la liberación, y pensadores como Gutiérrez, Boff o Ellacuría; Cámara, Romero, Ruiz o Casaldáliga y tantos mártires anónimos. A la nueva luz de Marcos o Lucas, triunfan movimientos como el sandinista o zapatista. Pero también se había dado un giro radical con el alumbramiento de los documentos de Puebla y Medellín, que aportaron la dimensión espiritual de la pobreza como el cimiento de la justicia y por lo tanto de la verdad que buscaban.