La paulatina pérdida de soberanía española ha alcanzado cotas tan increíblemente altas que quizás -contando asimismo con las restricciones impuestas por Europa- ni se puedan utilizar las fuerzas armadas para conservar la integridad del territorio nacional en caso de declaración unilateral de independencia en Cataluña. No digo que ello sea bueno o malo, digo que no hay más cera que la que arde.

Por tanto, hablar despectivamente de "centralismo español" no tiene fundamento alguno cuando se contraponen como ejemplos de descentralización a imitar Canadá, Suiza, EE UU, etc: en España, las parcelas de soberanía en manos del poder central son muy inferiores respecto a las que concentran los estados federales puestos como ejemplo. La conclusión que hay que sacar es que si se descentraliza más aún en España, revisión constitucional mediante y gran salto sin red al federalismo asimétrico, cediendo competencias o soberanía del Estado a Cataluña y a Europa, en la práctica, aquella atenderá a dos únicos polos de poder: Bruselas-Estrasburgo y la Generalitat.

Allende el folclor etnicista que, en cuanto a votos, capitalizan fundamentalmente los nacionalistas -sin excluir el regionalismo enxebrista que tantos réditos tiene dado al PP en Galicia- los socialistas españoles han intentado según las circunstancias colarse de perfil en "la cuestión nacional" cabalgando la teoría política del federalismo aunque faltos de práctica se pasan siete pueblos o no llegan a destino. No llegaron con el Pacto de Santillana y se pasaron con el Pacto del Tinell.

Podría creerse que después del varapalo propinado por el Tribunal Constitucional al Estatuto de autonomía de Cataluña cocinado por el PSOE-PSC -carta magna que cristalizaba la sesgada quintaesencia del federalismo asimétrico- los socialistas harían autocrítica y en el futuro reconsiderarían la distribución del poder territorial en España ateniéndose a consideraciones menos electoralistas y con menor sometimiento al imperialismo ideológico del socialismo catalán sobre Ferraz. Pero aflora de nuevo la sospecha que todo sigue igual en aras de contentar al aliado social-nacionalista. Incluso en Galicia parece que las obsesiones en ese sentido siguen inscritas en el ADN de la socialdemocracia: el autogobierno, sea lo que sea, parece más importante al PSdeG-PSOE que la justicia social propiamente dicha.

Sin embargo, no se entiende tanto énfasis pues pocos son los paradigmas ilustrativos al respecto al ser excepcionales las confederaciones integradas por unidades políticas tipo estado-nación, que es lo que contempla verdaderamente el federalismo asimétrico de factura catalana. En cierta medida, la URSS lo fue y ya sabemos cómo acabó el experimento. Desde luego, Suiza no lo es, no es una confederación ni de estados ni de naciones sino de cantones; tampoco EE UU, aunque retóricamente a las entidades federadas que lo componen se les llame pomposamente estados.

Por otra parte, ya en 1991, para los estudiosos del federalismo España era una federación de facto aunque no lo fuese nominalmente y así consta ("federation in all but its name") en la Biblia de referencia (D.J. Elazar: Federal Systems of the World: A Handbook of Federal, Confederal and Autonomy Arrangements, p. 228). Desde entonces, el Estado español no ha cesado de transferir competencias y soberanía a las CC AA -que en la práctica, son autenticas entidades federativas- y a instancias supranacionales, verbigracia, la Unión Europea. Se sigue que España es el país del mundo en el que más se ha desconcentrado el poder del gobierno y descentralizado competencias, probablemente con la excepción de Bélgica, pues la doble cesión, por arriba y por abajo, no se observa en ningún otro Estado reputado como arquetípicamente federal: Suiza, Canadá, EE UU, India, Federación Rusa, etc.

La descentralización en los estados federales no va acompañada de la desconcentración de soberanía que es, esencialmente, la cesión de la política monetaria: renunciar a la concentración de poder que tiene el soberano para emitir moneda. EE UU o Canadá, siendo estados federales, siguen conservando una concentración de poder de la que carece España en un terreno tan vital para el funcionamiento de la nación como es el de la capacidad de emitir moneda. En otro orden de cosas, esos estados han conservado también su soberanía para establecer acuerdos con terceros países con mayor independencia de la que dispone España. Canadá, sin ir más lejos, decide la política pesquera en función de sus intereses; España, por el contrario, no puede concluir directamente acuerdos internacionales de pesca ya que la Política de Pesca Común se reserva su celebración. En parecido sentido pueden traerse cincuenta ejemplos más. Así, José Manuel Otero Novas muestra en su libro Asalto al Estado (páginas 360 y 361) que la normativa generada por las Cortes o el Gobierno es cuantitativamente inferior a la que producen conjuntamente las CC AA y las instancias europeas. Curiosamente, o no tanto, Cataluña se queja o boicotea la normativa española que le disgusta pero acepta sin rechistar la que emana de Bruselas y Estrasburgo.

Para entender ciertas cosas -la mayoría de las pequeñas cosas que ocupan nuestras vidas- no se necesita ser muy inteligente, basta con ser sensatos sin pretensiones y metódicos a la hora de razonar. Un principio elemental del método lógico aconseja comparar solamente lo que es comparable, o, dicho popularmente, no mezclar peras con manzanas. Se pueden comparar, digo yo, las descentralizaciones llevadas a cabo en España y Portugal pero no en España y Canadá. No se sustenta en ningún método lógico comparar la descentralización de España con la de EE UU, Canadá, Suiza, Federación Rusa, India o Malasia por citar algunos estados federales. Y no se pueden comparar poniéndolos como ejemplo a seguir en aspectos parciales porque el Estado español es globalmente menos centralista que esos países ya que ellos conservan formas de concentración de poder central que España perdió al entrar en la Unión Europea.