La vicepresidenta de la Comisión Europea, Viviane Reding, no ha tenido mayor suerte en su plan para imponer una cuota femenina del 40 por ciento en los consejos de administración de las empresas que con sus recientes y desafortunadas declaraciones sobre la independencia de Cataluña.

La discusión se ha pospuesto al 14 de noviembre al no encontrar Reding el suficiente apoyo. La falta de un acuerdo y las dudas jurídicas han impedido que la norma planteada por la controvertida política luxemburguesa saliera adelante. Lo curioso es que las primeras reticencias las ha encontrado en algunas de sus colegas comisarias poco dispuestas a enzarzarse en un debate ideológico y más proclives a que, en vez de imponer una mayor presencia de las mujeres en los ámbitos de decisión empresariales, se sugiera esa participación para que sean las propias circunstancias o el mérito los que regulen el peso en los consejos de administración. En primer lugar porque imponer una cuota estricta vulneraría los propios tratados de la Unión Europea.

Ahora bien ¿qué hacer para equilibrar la presencia masculina y femenina cuando el 85 por ciento de los puestos ejecutivos en las empresas europeas está ocupado por hombres? Imponer no es la solución. Más allá de que el marco legal lo impida, aplicar la famosa "discriminación positiva", que ya de por sí encierra una contradicción semántica, probablemente no ayude a engrandecer el papel de la mujer en la sociedad. Las profesionales que tengan un buen concepto de sí mismas deberían ser las primeras en no aceptar este tipo de empujones ni siquiera para corregir una injusticia de género; y las que no son competentes no tendrían que ocupar el puesto de un hombre por razones de discriminación de sexo. Sería absurdo no admitir que los hombres gozan de un ecosistema de protección superior al de las mujeres, cultivado durante los años en que estas sufrieron una mayor postergación laboral o por simple camaradería machista, pero imponerle a una empresa que para satisfacer una cuota más igualitaria sustituya a un incapaz por otro de distinto sexo no deja de ser una inquietante anomalía. La educación, la formación, los incentivos, la meritocracia y el avance de los tiempos son seguramente las soluciones para equilibrar el ecosistema empresarial en la alta dirección. Igual que ocurre en otros ámbitos de la vida.

En su defensa de esta "cuota histórica" -para los detractores "cuota rosa"- Reding ha movido más de un papel. Ha asegurado con datos a la vista de consultoras que a las grandes compañías en manos de mujeres les van mejor las cosas. También se ha referido al mayor número de licenciadas que de licenciados. Si las cifras son dueñas de la razón como parece ser, cabría hacerse la pregunta -yo ya me la he hecho en otros casos de "discriminación positiva"- de por qué hay que conformarse con un 40 por ciento y no un 50 o un 60 de presencia de altas ejecutivas en los consejos de administración. Dadas las estadísticas ¿no serían estos últimos porcentajes más justos?