Siguiendo la senda de estos antiguos relatos, algo acer-ca del verdadero cambullonero, el del típico "enredo". Eran los personajes más simpáticos de la profesión por su forma de trabajar.

4. Los pajareros. Estos hombres tenían unos pajaritos tan bien enseñados (tardaban bastantes meses en conseguirlo) que eran verdaderas maravillas. Cantaban cuando ellos querían, noche o día con frío o calor. Así se explicaba que los turistas y muchos de tierra, admirados de sus cualidades, dieran por ellos lo que les pidieran. Pero ellos muy difícilmente los podían vender; aquellos animalitos eran el reclamo de su negocio.

Las ventas se efectuaban en combinación con otras perso-nas y otros pájaros similares. No sé qué arte se daban para conseguirlos, cuando el turista estaba interesado en la compra, llegaba el otro a proponerle el suyo como mejor, y en la discusión, como es natural, el turista se llevaba el pájaro que tenían preparado.

Su habilidad no estribaba sólo en esto, sino en que a la vuelta, o sea, al regreso del barco, después de convencerle de que el pájaro había extrañado el lugar, le volvían a hacer la misma operación. Tenían su vieja clientela a los que vendían sus viejos pájaros-reclamo, que ya no les servían para el negocio.

Eran unos artistas realmente habilidosos, no todos en "tierra" eran capaces de cogerles el truco. Desgraciadamente, el devenir de los años, con pajarerías actuales incluidas, acabaría perjudicando este pequeño comercio hasta desaparecer.

5. Mingoro. Un día, cuando mayor era la abundancia de "compradores", se presentaron en los muelles Mingoro y su hermano. Nadie les conocía aunque al parecer vivían en el Risco de San Nicolás; según los que le conocieron, éste fue el comprador más atrevido de los Muelles. Igual se metía por la lumbrera, exponiendo gravemente su vida, pasando de noche por el retalle exterior del espaldón para burlar la vigilancia del servicio que se metía debajo de la carrocería de los camiones o saltaba la verja llena de hierros afilados? Según las memorias de mi padre, fue el hombre más listo y el que dio más guerra puesto que siempre buscaba la manera (y la encontraba) de entrar clandestinamente a los muelles pero, sobre todo, un verdadero valiente, capaz de todo por llevar el pan a los suyos.

Otros tenían otras técnicas con las que mi padre no estaba dispuesto a lidiar. La gente le dio fama de duro por cumplir fielmente las órdenes de su trabajo, lo que le granjeó no pocos enemigos, tanto dentro como fuera de los Muelles. Aquí va una anécdota escrita por él mismo, que ilustra certeramente la situación al respecto:

"Uno de los tantos días que uno de mis hijos me llevaba el desayuno al Dique, como ya le conocían, Antonio el conductor del taxi, que era muy guasón, subió al chico al coche acompañado de un cambullonero bastante singular. Ya en él, éste le preguntó que clase de persona era el cabo Silva. Aquel hombre echó por la boca toda clase de sapos y culebras, pero al decirle que el chico que iba detrás era su hijo, con la proverbialidad que le caracterizaba, empezó a hacerle caricias y a decirle "tu padre es el caballero más grande que tiene el Servicio de Guardamuelles y tantas otras lisonjas. Al decírmelo el chófer, no tuve más remedio que echarme a reír?"

Siempre se tomó estas cosas con mucho sentido del humor.

6. Montepío. Se conocía con este nombre a la Oficina Delegada de Empleados y Obreros de Juntas de Obras de Puertos. Fundada en 1964, estaba compuesta por un grupo de hombres entusiastas y desinteresados; un vicesecretario (Enrique Trijueque Asturiano) un secretario (mi padre, Federico Silva Caballero) un vicepresidente (Antonio Puente Bujados) y destacando muy especialmente la figura de su presidente, Juan Lozano.

Gran conocedor del reglamento y disposiciones, noble y sin dobleces. Cuando tomaba un asunto en sus manos, había la plena seguridad de que saldría bien; siempre dispuesto a servir al personal. Muchas horas extras para atender y resolver complicadas situaciones que le presentaban los afiliados con su rapidez y característica entre ellas quizás una de las más difíciles, la de hacer abortar la gravísima situación en que habían colocado a unos modestos empleados al pretender que se jubilasen sin tener el tiempo reglamentario para ello. Una difícil papeleta resuelta gracias a su gestión, y que seguramente nunca olvidarán los que estaban incursos en ella.

Asimismo cabe destacar la labor archivística de la Secretaría, que con notables medios (le dieron todo el material de oficina que había pedido) pero escaso tiempo (las horas libres del servicio diario) logró organizar y encauzar la labor administrativa de esta importante Oficina, que, aunque actualmente desaparecida, fortaleció la logística portuaria de la época.