Para empezar, unas cuantas obviedades: las ciudades no serían lo que son hoy sin la irrupción sucesiva de adelantos como la electricidad, el automóvil, el teléfono, la radio, el avión, la televisión o el ordenador. Con el tiempo tales inventos se han integrado en el paisaje urbano como si hubiesen estado ahí desde siempre. Se han naturalizado. Pero la técnica es indisociable de la historia. De la historia de su creación y también de las grandes y pequeñas historias que su penetración supuso en cada punto del planeta. Incluido este en el que ahora escribo.

Así, los medios se han hecho eco estos días del hito que supuso el primer despegue de un avión desde Canarias, un aeroplano que se elevó desde una pista en Guanarteme. También la televisión se pone nostálgica y de cuando en cuando recuerda su primer centro emisor en el Archipiélago. Historiadores y cronistas han glosado igualmente los comienzos en las Islas del automóvil, del cine o de la radio. Sin embargo, que yo sepa, nadie ha prestado atención al ascensor.

Estos días, mientras leía el divertidísimo pasaje que Rem Koolhaas dedica, en Delirio de Nueva York, a la sensación que causó la presentación del ascensor en la Exposición Universal de Manhattan de 1853, pensaba en el ascensor del Gabinete Literario y en cómo sin ascensor no existirían edificios que le dan hoy su perfil más elevado a Las Palmas, como el de los Taxistas, el Azor, el Hotel AC o la Torre Woermann. Según me cuentan en el propio Gabinete Literario, el ascensor de la casa fue el segundo que se instaló en Canarias pero el primero que funcionó, pues el de la Catedral de Santa Ana, que le antecedió, tardó en ponerse en marcha porque el templo carecía de electrici-dad.

Con los años, el dispositivo elevador del ascensor del Gabinete Literario ha cambiado para adecuarse a las cambiantes normativas de seguridad, pero el aspecto interior de su cabina se mantiene, en esencia, intacto, con su revestimiento de madera noble y sobre todo su taburete de terciopelo rojo y su espejo. Estos últimos elementos me subyugan. Una experiencia tal que la de subirse en un artefacto como este requería de cierta solemnidad: de un ascensorista uniformado y, pese a la brevedad del viaje, del espejo y el taburete. Detalles irrisorios, sin duda, pero inestimables para una tentativa de arqueología de la modernidad en Las Palmas.