En los prolegómenos del caso Santiago Cervera, el primer motivo de asombro procede de comprobar que las tramas rocambolescas siempre están protagonizadas por políticos. La detención y destitución de la gran esperanza blanca del PP?-su boda congregó a Rajoy, Soraya y Ana Pastor- por su intervención en un presunto chantaje es el material que compone los sueños de los guionistas. En la era de la inmediatez, la explicación brindada por el diputado en su blog no raya a la altura de la calidad dialéctica que ha mostrado como parlamentario y tertuliano. Se envuelve en el manto de la ingenuidad.

En la interpretación más disparatada, Cervera sería una víctima del servicio de espionaje de UPN. La imagen de un mastermind que diseña una operación para que colisionen el presidente de?Caja Navarra y el diputado del PP también retuerce considerablemente la credulidad del espectador. Desde la perspectiva más favorable, el banquero superó en cautela a un político obligado a una vigilancia suplementaria de sus actos. En especial, dado el historial de corrupción de su partido.

El equilibrado Le Monde sentenció que "como mínimo, Strauss-Kahn ha pecado de imprudencia", al editorializar sobre el escándalo del hotel Sofitel. Cervera también admite que "sin duda he cometido una imprudencia", pero al lamentar "el perjuicio que estoy causando a mi partido" se queda corto. El diputado navarro era el portaestandarte de un PP restaurado y que debía navegar sin sobresaltos de corrupción.

El escándalo viene medido por la magnitud de la caída, y ayer se precipitó al vacío la generación de la regeneración. El PP no está lidiando con la dimisión de un diputado anónimo, con el que se ha ensañado la diosa Fortuna o los vicios propios. Cervera se impuso en foros públicos y privados unos criterios de comportamiento que le prohibían actuar como un aprendiz de investigador privado. La excitación nunca fue la marca de fábrica de un diputado cerebral. La fatigosa reconstrucción de los hechos puede paliar como máximo las sombras que se ciernen sobre el parlamentario, pero difícilmente le permitirá retomar el liderazgo de la nueva imagen de su formación.

Un año atrás, entre las sorpresas del gabinete de Rajoy figuraba la ausencia de Cervera. La siempre discutible aportación de parte me obliga a recordar numerosas tertulias en que el político mostró con eficacia una superioridad ética hoy en entredicho. Le creí, al igual que tantos otros. Además, el diputado preparaba con esmero los asuntos más nimios a discusión, y de repente actúa desnudo. Por tanto, el escándalo de cada semana del PP no demuestra el escepticismo de la ciudadanía hacia la clase gobernante, sino la necesidad de creer en políticos que siempre acaban traicionando la confianza popular.