Docenas de miles de jóvenes muertos por la heroína es, para el novelista Javier Cercas, uno de los saldos de la primera transición española, por él mismo adjetivada de chapuza. De estafa y crisis brutal califica la segunda, si esto que vivimos en presente merece el nombre de transición. Las víctimas de la primera se saben ahora y espanta pensar en el balance de la segunda cuando llegue su momento. Si aquélla que nos pareció ilusionante y progresiva dio esa dolorosa estadística, a saber qué está pasando hoy en los subterráneos del paro y la frustración. La generación de la crisis, que emigraría en masa si pudiera hacerlo con cartas de trabajo, no es tan solo una generación perdida para sí misma y para el país, sino carne de cañón para los vendedores de suicidio. Comparando esas dos etapas de España, las memorias del subsuelo actual necesitarán un Dostoiewski para describirlas.

El poder lo lamenta, sinceramente sin duda, pero no hace nada práctico por salvar de la caída a la generación clave. Es escaso el margen de esperanza que merece el PSOE, pero ya que ha decidido arropar a su líder en un replanteamiento de la política de oposición, endureciéndola en lo que sea menester y archivando la dialéctica del "y tú más" que siempre da ventaja al más nuevo en el mando, que lo haga de verdad. Bien está estudiar las reformas territoriales y constitucionales que España necesita, pero el asunto de la generación perdida es central, prioritario. De poco valdrá considerarlo por sectores, ahora la enseñanza, después el empleo, más tarde las condiciones de vivienda y familia, etc. porque es nuclear, es en sí como dicen los pensadores. Esa juventud neantizada e inmóvil, con todo el tiempo para la obsesión de su desdicha, la ansiedad de las horas inútiles, el miedo de llegar a adulta sin haber sido joven y, consecuentemente, las energías aplicadas al impulso de evadirse como sea y cuanto antes, es una bomba sin control.

El caso omiso que el poder hace de las manifestaciones en la calle es otra bomba de tiempo. Si la constancia y extensión de las protestas y la magnitud de sus expresiones no sirven para nada, la desmotivación juvenil tocará suelo salvo que de la presencia y los lemas -es decir, la democrática palabra- decida pasar a otros medios. La carcunda egipcia ha sacado los tanques a las calles de El Cairo para intimidar a los jóvenes, pero eso en España todavía es inconcebible. Antes de que el desespero acabe con todo, el PSOE tiene, desde el Consejo Territorial del sábado, la oportunidad de dejar de mirarse el ombligo con chorradas sucesorias y plantearse de manera seria, noble, solidaria y sostenible el rescate de una generación tan fundamental como machacada. El resto es de segundo orden para España y para la supervivencia del propio socialismo, necesitado como está de manumitir su dependencia de la agenda de otros.