Los combatientes, cuando ya no pueden más, amagan con golpear, pero en realidad se abrazan entre sí. No hay nada más cansino que esa fase final de la pelea, cuando ya está todo descontado y se trata de que pase el tiempo y suene la campana. Esos minutos de la basura son para silbar y patear, pues el público ya está cansado de ver correr la sangre por los pómulos. Sin embargo, hay quienes aseguran que, en esos instantes, los boxeadores ya van sordos y ciegos, sin reflejos, y por eso no escuchan que el enojo va con ellos. Los más airados comenzarán a gritar "¡Tongo, tongo!", que a lo sumo resonará como un vago vértigo en los pechos excitados de los luchadores. Para ese momento, los impacientes ya se habrán marchado. Los buenos aficionados quizá recuerden algún punch del tercer asalto o un crocket del segundo. Lo que nadie permitirá es que, además, los dos púgiles se pongan trascendentes y grandilocuentes para ocultar lo sencillo y obvio: que no pueden seguir en pie.

Esa es la situación española y sorprende que políticos con dedicación exclusiva no descubran su verdadera índole. Hasta ahora la corrupción se ha tratado como un asunto judicial, no político. Venían a decir: mientras no estemos condenados, no somos corruptos. Eso permitió a Camps sugerir que, puesto que había sido declarado inocente, quería regresar a la plenitud de su cargo político. Pero se puede ser declarado inocente por un juez, no ser un criminal desde el punto de vista penal, y estar en la más absoluta corrupción política. Y eso porque la relación política no es de naturaleza fiscal, o forense, ni demostrativa, ni probatoria, ni aquí rige la lógica de la presunta inocencia. La positiva confianza política no se mantiene en pie sólo porque alguien no sea un criminal. Cuando se pierde, no se regenera porque alguien haya sido declarado inocente ante un tribunal. La confianza política se basa en que el proceder del representante sea tan honorable que no lo lleve nunca a los aledaños de un fiscal. Reclamar que un representante siga en plena eficacia mientras no se demuestre su culpabilidad es un error político. La vida de la representación es la confianza. Y esta no se rige por un proceder testifical, ni por verificaciones, pruebas, peritajes. Si se da algo de eso, es que ya no hay confianza. Entonces, la dimensión política ya está irreparablemente dañada.

Un observador imparcial no puede asegurar que de lo publicado hasta ahora se deriven consecuencias de culpabilidad penal o legal para todos y cada uno de los mencionados en los papeles de Bárcenas. Sin embargo, ese observador tiene que manifestar que resulta preciso que se investigue hasta el final, y, en ese mismo acto, tiene que reconocer que quien ha de ser investigado ya no tiene su confianza. Como he dicho, la confianza es una relación mucho más intensa y personal que una mera no culpabilidad. La relación de confianza se basa en el sentido común, en la ausencia de sospecha, y rige las relaciones personales desde la libertad. Su retirada se basa en indicios, en testimonios, datos, evidencias, y desde luego en la forma de proceder cuando alguien se defiende o da explicaciones. Aunque este país ha sido castigado de forma muy dura, casi inmisericorde, no va a perder el juicio político por ello y condenar antes de tiempo a nadie. Pero sabe administrar su confianza. Por eso, no puede eliminar la impresión de que entre la trama Gürtel, la trama Nóos, la trama Pallarols, la trama andaluza de los ERE, la trama Bárcenas, la trama de las ITV, y durante el tiempo de la burbuja inmobiliaria y de la circulación masiva de dinero, el sistema de la representación política ha quedado completamente infectado. Y no podía ser de otra manera, por cuanto que el tiempo de la burbuja ha sido obra de la clase política. La consecuencia es una pérdida de confianza general en la representación actual. Frente a esa crisis, la clase política no tiene otra palabra que ésta, llena de equívocos: "Hasta que un juez demuestre que soy culpable, soy digno de confianza". ¡Pues no! La gente sencilla tiene otra opinión. Diga lo que diga el juez, grita: "Ya no confío en vosotros". Esta es su sentencia política.

Por eso, el espectáculo que nos han dado los líderes políticos este fin de semana testimonia que poco o nada entienden de lo que está pasando. Rajoy puede presentarse con toda la dignidad profesional y personal que desee. Nadie la pondrá en duda. Pero no puede evitar la impresión de que la cúpula suprema de su partido, con él o dirigida por él, ha sido un cenagal desde los tiempos de Aznar. Ir por la vida de don Tancredo tiene estas cosas. A veces el lodo a tu lado crece más de lo que nadie puede imaginar y entonces es imposible dejar de chapotear, aunque uno sea íntegro. Pero tampoco es de recibo el discurso de Rubalcaba. El PSOE ha perdido un año sin dar un solo paso hacia su regeneración. Ni una sola promesa clara ni un indicio de que esté en camino de cumplir alguna. Ni apertura a los simpatizantes, ni selección de los representantes mediante elección con listas abiertas internas, ni convocatoria de colectivos sociales, ni debates sectoriales, ninguna iniciativa que permita abrir una maquinaria burocrática anquilosada y residual, que ha vivido pegada al aparato del Estado sin levantar la voz. Nada se ha hecho. Si Rubalcaba cree que recuperará la confianza exclusivamente atacando al PP, es que no comprende que no deseamos esta parte final del combate, este cansino abrazarse de forma recíproca. Atacar la incompetencia del rival no va a disimular el agotamiento propio.

Lo que queremos es otro combate, otras reglas de juego, otra representación política. No queremos que ahora se nos sugiera que todo puede seguir igual porque lo más importante es echar al PP del Gobierno. No queremos ser ingenuos y esperar que ese cambio de lógica se lleve a cabo al sustituir este bipartidismo por otro de UPD y de IU. Tenemos tan poca confianza en este bipartidismo como en el que pueda sustituirlo con las mismas reglas. Puesto que la época de Bárcenas, que fue la época de Aznar -no hay que olvidarlo- enturbia la confianza, queremos que la agenda política sea la de cambiar las reglas del juego electoral y la índole, comprensión, financiación y estructura de los partidos. Eso es lo único que legitima que Rajoy y Rubalcaba sigan ahí. Lo único que ha dado voz creciente a Rosa Díez y a Cayo Lara. Al margen de la historia judicial de los próximos años, lo que queremos es una historia política. Hay dos maneras de llevarlo a cabo: desde la actual representación, o pasando a través del caos. Quienes ostentan -no detentan, todavía- la legalidad pueden lanzar a la ciudadanía un trágala: "Nos aguantaréis tal como somos. Nosotros no pensamos cambiar". Ese juego es muy peligroso, infame, irresponsable y desvergonzado. ¿Cómo alguien pretende gobernar o representar a un pueblo sin su confianza? Para merecerla, no se nos debe prometer un proceso fiscal. Eso ya nos lo darán los jueces. Lo que queremos es otra ley de partidos y otra ley electoral. Mientras no sea así, una sombra de ilegitimidad democrática se cierne sobre todas las instituciones políticas. Y si se empeñan en el viejo juego -"me legitimo porque el otro es peor"- no podrán evitar que la ciudadanía grite: ¡Tongo, tongo! Lo que siga después, nadie puede saberlo. Pero tampoco deberá sorprender a nadie.