Me miro en el espejo y ya no veo al socialista musulmán que solía ser". La frase es de Barack Obama y fue pronunciada ante decenas de periodistas. Era un chiste, naturalmente, uno de tantos que se cuentan en la cena anual de la asociación de periodistas acreditados en la Casa Blanca. Un evento glamuroso con invitados de postín en el que se ponen a caldo al gobierno y al periodismo, y donde el presidente de los Estados Unidos está obligado a reírse de sí mismo al hilo de la actualidad. Y más le vale emplearse a fondo, u otros lo harán por él. Este año mostró un fotomontaje donde lleva el mismo polémico flequillo que su mujer, y participó en una humorada de Steven Spielberg: un vídeo que presenta a Day-Lewis ensayando el papel de Obama para una película, pero a quien vemos ensayar es al propio presidente.

Contrasta vivamente esta distensión americana con la circunspección que reina en la política europea, y no digamos la española. Un envaramiento que no proviene solo de los políticos sino de la crítica intelectual: cuando alguno cede a la tentación de intervenir en un programa de risas, los guardianes de la seriedad le acusan rápidamente de degradar la función política y de caer en el populismo barriobajero. Inquisidores de la sacralidad litúrgico-política, se escandalizan como quien oye un chiste verde en boca del oficiante de la misa mayor. Hay en tales intransigencias mucha herencia del antiguo régimen, pecado original del que Estados Unidos nació algo más libre. La afectación impostada que se demanda al político añora el papel rector de la aristocracia, y el rechazo a que se arremangue y cuente chistes recuerda al rechazo de las clases altas hacia el populacho y sus maneras poco refinadas.

Los de arriba y los de abajo: mundos separados desde antiguo. Una división incrustada en nuestras mentes, ante la que reaccionamos a veces con devoción y a veces con odio destructivo. Luigi Preiti se desplazó a Roma para disparar contra "los políticos", pero al no encontrarlos en la calle la emprendió contra los carabineros. "Los políticos", como los nobles a guillotinar en la Revolución Francesa. Desde luego que la crisis no se soluciona con chistes, y para monologuistas ya está el Club de la Comedia; lo de la cena de informadores sobre la Casa Blanca no es un remedio, sino un síntoma. Y un síntoma tal vez engañoso, porque también en Estados Unidos se habla de Washington y de sus políticos como entidades alienígenas, como nuevos aristócratas traidores al espíritu fundacional.