El ministro de Justicia, Alberto Ruiz Gallardón, persiste erre que erre en su pretensión de impedir las filtraciones judiciales si hay secreto del sumario. Hay un dicho, el esfuerzo estéril conduce a la melancolía, que en esta cuestión queda desfasado por la evidencia palmaria de la imposibilidad de llevar a cabo la sagrada misión: hay esfuerzos estériles, como este, que a donde conducen directamente es al ridículo. El Gobierno español, que sigue con diligencia digna de mejor causa las sugerencias de la Comisión Europea y de sus grupos de presión financiera, se apresta a hacer justo lo contrario de lo que manda expresamente el derecho europeo, y las sentencias, de obligada observancia, del Tribunal de Derechos Humanos. Porque el TDH ha reiterado con progresista terquedad que los periodistas son "el perro guardián" de la democracia y ha condenado a los estados miembros que han tratado de poner cortapisas a la libertad de información.

En el plano jurídico, tanto el Tribunal Supremo como el Tribunal Constitucional aplican en España este criterio europeo, y desde hace tiempo: desde que se proclamó que considerar el secreto del sumario decretado por un juez como una especie de irregular materia reservada no se ajustaba a la Constitución. Y punto.

El secreto del sumario obliga al juez y a los que tienen el deber de observarlo, los funcionarios judiciales y operadores jurídicos, y a las fuerzas de la ley y el orden; pero los periodistas están sometidos a su propio derecho y a su deontología profesional: tienen la obligación de desvelar los secretos. Y no habrá ley procesal que pueda contradecir estas circunstancias, que ya exceden del ámbito concreto del ombligo nacional.

Pero es que tanta invocación a la innovación, a la emprendeduría, al copago, como elixir milagroso que todo lo arregla, a las ventajas de las nuevas tecnologías -eso sí, recortando en la práctica las inversiones para el desarrollo de la inteligencia y el respaldo al tesón- ignora el destino manifiesto del mundo de la información. Desde que el periodista norteamericano filtró los papeles de Vietnam la filtración incluso de asuntos aparentemente sensibles para la seguridad nacional ha ido generalizándose, sin que en la práctica pueda evitarse. Es verdad que Julian Assange, el enigmático líder de Wikilieaks, está asilado en la embajada de Ecuador en Londres, para evitar la extradición a Suecia por dos presuntos delitos de violación que habría cometido en Estocolmo, no por la filtración masiva, aunque hay sospechas dignas de crédito de que se trata de un atajo, una trampa, para tenerlo controlado hasta mejor ocasión. Tampoco se puede obviar que el soldado Manning, ex analista del ejército en Bagdad, es juzgado en un consejo de guerra en EE UU (no es periodista, es militar, y como militar destinado en un servicio sometido a secreto vulneró obligaciones que estaba obligado a respetar por disciplina, base imprescindible del sistema militar), pero parece claro que este agujero abierto es imposible de tapar en la veloz era de internet donde un siglo tradicional solo dura cinco años, o menos. Ellsberg, funcionario en Vietnam, fue el primer gran filtrador de esta era vertiginosa. Entregó a The New York Times los llamados papeles del Pentágono, que vieron la luz resumidos en 1971, y que después se publicaron en todo el mundo. Aquello provocó una de las mayores controversias y de las más duras batallas por la libertad de expresión, entre el NYT y el Gobierno de Estados Unidos: ganó el periódico y con él la libertad de prensa. Ellsberg no fue a la cárcel. Y la guerra de Vietnam comenzó a acabar.

Edward Snowden, un mago de la informática de 29 años y sin estudios superiores, que llevaba una década en la CIA, ha filtrado a The Guardian y a The Washington Post la existencia de una vigilancia secreta, bajo el gobierno Obama, de las telecomunicaciones de millones de usuarios realizada a través de la Agencia Nacional de Inteligencia, la misteriosa y opaca (cada vez menos) NSA. Está en paradero desconocido, quizás en Hong Kong.

A todos ellos hay que sumar los que han desvelado las cuentas ocultas en Suiza y otros paraísos fiscales, con la revelación de miles de defraudadores, una información que está siendo de gran interés para las administraciones tributarias de EE UU, Francia, Italia, España?

Si desde siempre ha habido soplones -no hay que olvidar a la garganta profunda del escándalo Watergate, un alto cargo de la CIA-, la existencia de internet facilita las cosas para la revelación de secretos. La red sustituye a complicados mecanismos para traspasar las barreras tradicionales: llaves y claves, escondites, camuflajes, que han quedado desfasados de la actualidad tanto como las novelas de espionaje de la guerra fría. En fin, que Alberto Ruiz Gallardón o no se ha enterado aún de la jurisprudencia europea y española, lo cual es muy probable debido a la entrega full time a sus ocupaciones políticas e ideológicas, y al juego de la oca para salir de la crisis, o cree que hoy día es posible llevarle la contraria a lo que la justicia europea considera tema zanjado: la Europa de las libertades, con la libertad de información como pilar y cimiento de las demás. Claro, también puede ocurrir que se piense que lo mismo que la troika y otros nihilistas están socavando el estado del bienestar, aprovechándose del empuje neoliberal y proteccionista (de los intereses alemanes) de Angela Merkel y del monopoly de los mercados, todo entra en el juego. Y no, ni todo entra ni todo vale. Lejos de caminar hacia delante, hacia la Moncloa, como un zorro, Ruiz Gallardón está saltando como los gamos, alertando al león.