La presión de la troika está rompiendo Portugal. La táctica del palo y la zanahoria -hoy te halago, mañana te desangro- no da más de sí. Con las dimisiones de los ministros de Finanzas, de Exteriores y de los colegas que ya anuncian lo propio, el jefe de gobierno, Passos Coelho, pierde el apoyo del partido que le da la mayoría parlamentaria. Tendrá que anticipar elecciones si el presidente Cavaco no logra un menesteroso zurcido para aplazar la crisis. Proseguir en el papel de alumno más aplicado, número uno en el aula de la claudicación, ya no es sostenible, dicen los dimisionarios, hartos de recortes que no dan resultado y verifican cada día el fracaso de la equivocada política que unos diseñan para que otros la paguen. El clamor en la calle es decisorio. Tarde o temprano se hace imposible gobernar contra la mayoría real del país y pretender al propio tiempo el respeto de las democracias. Se está viendo en Egipto tan solo un año después de la caída de Mubarak y la elección de Mursi, como también en Turquía, donde Erdogan ha perdido la vez en la cola de entrada a la Unión Europea.

El centroderecha hasta ahora gobernante en Portugal firma estos días el relato de su incompetencia. La crisis de Coelho no es resultado de las presiones de la izquierda, sino de un ala liberal que ha entendido el mensaje de la calle antes de que la ahoguen.

Es demasiado fuerte el hecho de escuchar y leer casi a diario críticas a la austeridad y contemplar la lentitud, la mezquindad incluso, con que dicen instrumentar políticas de estímulo al crecimiento y al trabajo juvenil. Esas críticas tampoco son necesariamente de la izquierda sino de líderes de las diversas derechas nacionales. También ocurre en España, pero aquí la derecha genuina no necesita de otros grupos para gobernar ni para mentir o desgobernar, según el caso. Los positivos datos sobre descenso del paro registrado, en los últimos meses tienen lecturas contradictorias, no necesariamente ideológicas: la estacionalidad para algunos, incluida la patronal que aconseja esperar al otoño antes de celebrar el cambio de tendencia; o la más triste de la precariedad de condiciones y salarios que mejora el empleo en apariencia, a cambio de un deterioro miserabilista de lo que nos predicaron como derecho al trabajo, el salario y la vivienda, por cuya defensa acudimos a las urnas.

La crisis portuguesa marcó una jornada penosa en las bolsas europeas y especialmente la española. Todo es tan inestable y accidentalista, que la retórica de los éxitos aparentes se paga en cuestión de horas con la contundencia de los hechos. Lo seguro es que un país no aguanta que le gobiernen contra él mismo. El "hasta aquí hemos llegado" puede tardar, pero llega. La disciplina a los dictados de la Europa que manda con tan mala sombra y tantos errores, reconocidos o no, es mucho más que cesión de soberanía. Es servilismo gratuito. El precio se está viendo en Portugal, el primero de la clase.