El Gobierno de Canarias, como adelanta hoy este su periódico, está estudiando la forma de que usted, de normal un indígena tranquilo y sin aspavientos, pueda dirigirse a las dependencias de Hacienda para chivarse de que el pintor que trabaja en el piso de su vecino cobra en negro. Hacienda, según se prevé, le dará a usted un trato mejor, no aclara si le paga la guagua de vuelta o le presta para el desayuno, pero esta es la cosa para tratar de ir emergiendo la economía sumergida, según el Tagoror Atlántico.

Puestos al habla con nuestro hombre en Redacción explica que de esto existen precedentes en países nórdicos y en Estados Unidos. De esta última nación no debe extrañar porque, y a los hechos hay que remitirse, vive en su propio y singular sistema de escuchas y correveidiles y cada yanki es un loro, cuando no un Michael Knight que sin moverse del coche fantástico te saca un vídeo casero desde el aparcamiento.

Pero en los nórdicos se da la circunstancia de que los impuestos que se pagan van, euro a euro, al fin por el que son recaudados de forma que existe una mayor alegría a aflojar el pollo y un verdadero entusiasmo colectivo que penaliza con razón al que sale del tiesto.

En España los acontecimientos que nos acojonan día a día no es que provoquen alguna gana de chivarnos del fontanero que te reflota la boya de la cisterna mientras por el telediario alonga Bárcenas saludando desde el módulo 7. Si a eso se suma que un autónomo debe pagar una fortuna mensual aunque la Administración no le haya abonado sus propias facturas, estamos pues ante un proyecto que no augura mucha clientela.

Para ello Hacienda quiere meterse en las aulas e ir criando futuros contribuyentes que lleven el chip del chivatazo puesto y la convicción de que Hacienda somos todos, pero se le escapa que el problema no está tanto en la consciencia del administrado como en la sumergida moralidad de sus administradores. Y esto sí que no lo arregla ni el médico chino.