En el año 1833, el escritor Robert Louis Stevenson publicó La isla del tesoro, una novela de aventuras que se hizo pronto muy famosa. En ella se contaba la historia de una expedición organizada para encontrar el tesoro escondido por el siniestro capitán Flint en una isla deshabitada.

Los expedicionarios, unos advenedizos en estas lides, contaban con la ventaja de conocer la ubicación de la isla y del tesoro gracias al plano hallado en el cofre de un marinero hospedado en una posada de la costa inglesa que había muerto tras una de sus habituales borracheras. Fletan un barco para hacer ese viaje pero su ingenuidad y su falta de discreción les hace caer en las manos de un astuto pirata cojo, antiguo compañero de Flint, que les recluta una tripulación de filibusteros. El viaje, la llegada a la isla, la traición de la chusma y las alternativas de la lucha para hacerse con el tesoro llenan las páginas de un libro que con el trascurso de los años se ha convertido en un clásico de la literatura universal. Es posible que, de vivir ahora Stevenson, y ante el auge de la piratería financiera, el genial escritor pudiera haberse inspirado en alguno de los episodios de corrupción política que menudean en la prensa (como el llamado caso Bárcenas) y en vez de La isla del tesoro hubiera escrito La isla de los tesoreros. Un libro de aventuras en el que se describirían los chanchullos de los tesoreros de un partido político para dotar a la entidad de financiación supuestamente irregular al tiempo que apartaban para ellos (y para otros) una parte de lo cobrado en comisiones. La trama es parecida aunque con los obligados cambios en los hábitos de la piratería que imponen los nuevos tiempos.

En cualquier caso, en vez de un plano con la ubicación del tesoro tenemos unos papeles con anotaciones que acreditan una doble contabilidad, y en vez de una isla deshabitada y fuera de las cartas marinas conocidas tenemos una serie de paraísos fiscales a los que se viaja en avión para esconder lo robado. Pero lo sustancial, la codicia por hacerse con el botín, permanece intacta. Tanto entre los piratas como entre las personas que solemos llamar honorables. Y esa puede ser la moraleja de la obra. Sin ánimo de establecer comparaciones, la historia de los sucesivos tesoreros del PP es agitada y de borrosos contornos legales. Desde aquellos iniciales Naseiro, Sanchís y Lapuerta (gente de toda confianza de Fraga) hasta este Bárcenas que entró también de su mano. De todos ellos se habló mucho dentro y fuera de los juzgados. Pero hay una excepción, Romay Beccaría, que fue nombrado auditor de prácticas internas por Rajoy y luego tesorero tras la salida de Bárcenas. Un compañero del que tenía una gran opinión. "Las cuentas del partido estarán bien. No hay motivo para pensar otra cosa" dijo Romay al tomar posesión. Y no hay constancia de que haya rectificado esa favorable impresión después de haberlas estudiado a fondo. Tuvo tiempo sobrado para ello y contaba además con la colaboración del propio Bárcenas, que ocupaba un despacho próximo al suyo y seguía siendo un empleado espléndidamente remunerado del PP.