La camisa no era de mi medida. Cometí la torpeza de no probármela antes de pagarla, pero en el envés del cuello aparecía: talla M. La mía. Encima, detecté un fallo en la manga derecha. Eso de la recreación de las tallas y su disparidad, provoca ya no solo un problema económico, también de alteraciones alimentarias y emocionales. Por suerte no es mi caso.

Al día siguiente acudí a devolver la onerosa pieza, de caza mayor, por su precio. Me atendió la dependienta, la misma que el día anterior se desvivió en atenciones asesorándome y recomendándome esta u otra prenda.

Me saludó sonriente y afable: "Buenas tardes". La camisa me queda grande y tiene fallo, le dije. "Sin problema, señor". Le entrego la bolsa con la mercancía, incluido el alza cuellos de plástico y los 27 alfileres que impedían desdibujar el perfecto rectángulo. No viene al caso, pero me volví a clavar uno en la yema del anular mientras la desembalaba.

"Me entrega el comprobante de compra, por favor". Rebusco en la cartera, bolsillos delanteros, traseros€ Ah, en el de la camisa! € Lo siento señorita, no lo encuentro.

Respuesta: "Pues sin el comprobante no puedo atender su petición de cambio".

Pero si fue usted quien me la vendió ayer mismo, le inquirí.

"Sí, lo recuerdo perfectamente, pero política de empresa: sin el comprobante no me autorizan a realizar cambios o devoluciones".

El comprobante de pago es un documento que acredita la transferencia de bienes, la entrega en uso o la prestación de servicios. Es un documento formal que avala una relación comercial o de transferencia en cuanto a bienes y servicios se refiere.

Y ahí está la camisa descatalogada, medio fruncida presa en su maleable escarcela. El cash converters no me la recoge. Dicen que ya está usada. Primero, está sin estrenar; segundo, ¿su negocio no es la segunda mano?

Con ánimo de husmear en otras de once varas, este aciago pasaje de mercadería me ha hecho reflexionar. No ha sido ésta la primera vez que me pasa.

Realicé otra compra en la que el producto no se ha correspondido con las medidas y la calidad prometida. Un compromiso que me ofertaron en soporte de díptico que garantizaba: bajada del paro, generación de empleo, equilibrio de precios, incremento de los salarios y jubilaciones, garantía de que la sanidad pública seguiría siéndolo, que los derechos ciudadanos básicos continuarían inalienables.

Confié en el producto que me vendieron. Seducido como consecuencia de la intensa campaña de promoción reforzada por la sonrisa de un señor con arrugas photoshop. Ahora constato que el precio que pagué, el más preciado: la confianza, la esperanza en la lealtad y la honestidad del vendedor, concesionario por cuatro años del gran almacén público, apenas se ha correspondido en el binomio: calidad-precio.

Y tengo la sensación que usted como yo somos clientes del mismo proveedor. Pero no lo intente. Imposible encontrar el ticket de compra que le daría el derecho a reclamar la prenda con tara, vendida como de paquete y que le devuelvan su inversión€

¡Un momento! Ya recuerdo dónde está el comprobante: en la urna.