Los de colorado son los nuestros, los azules no", le gritaba Bilardo, aquel singular entrenador argentino, a su masajista cuando éste intentaba socorrer a un adversario que estaba en el suelo por un duro choque con Maradona.

Algo parecido le ocurre al apesadumbrado ministro de Turismo, Industria y Energía, que no solo tiene problemas en sus tres frentes temáticos, sino hasta en su propio partido, pues está teniendo que lidiar no solo con sus enemigos (en el parlamento y la sociedad), sino también con sus amigos y correligionarios. Está tan aislado y ensimismado que no escucha ni el rumor del mar ni el runrún de la calle.

A Soria se le encaran y atragantan las eléctricas, las medioambientales y las mediopensionistas. Hasta la misma Ana Botella le echa en cara la forma de administrar la energía. Los mineros de León lo rechazan y lo declaran persona non grata. Sus correligionarios de Valencia y Baleares lo ponen a parir por culpa de las prospecciones petrolíferas que se empeña en autorizar en sus costas.

El único sitio de reposo del guerrero que le queda es Canarias, donde solo sus paisanos conmilitones le apoyan al unísono, prietas las filas. Claro que aquí no hay arrestos para enfrentarse al jefe. Ni Asier Antona es González Pons, que ha dicho bien alto que el petróleo de la costa valenciana (su tierra) es el turismo, ni Australia Navarro es Bauzá, presidente popular del otro archipiélago español que vive fundamentalmente de los turistas y que no ha dudado en enfrentarse al ministro para defender a su comunidad de chapapotes y demás marrones oscuros casi negros.

Los únicos que se empeñan aquí en hacer las prospecciones petrolíferas son los empresarios con intereses económicos directos o los militantes del PP, esos disciplinados y asustados soldados de Soria que, aunque están al cabo de la calle que su jefe no pisa, saben que si se mueven no salen en la gran foto de familia.