A propósito sobre los falsos documentales, me da por pensar en las vidas verdaderas. ¿Es posible vivir una vida falsa? Durante años, por influencia de un profesor de filosofía al que admiraba, creí que sí. Él mismo se encargaba de mostrarme casos de personas que habían arrastrado vidas falsas. Su padre, por ejemplo, que, estando dotado para la pintura, había trabajado toda su vida como contable para una cadena de ferreterías. Yo lo conocí, conocí al padre de mi profesor, un hombre muy amable que no me parecía frustrado en absoluto. La frustración, dicen, se deriva de hacer lo contrario de lo que quieres. Pero uno no siempre está dotado para lo que quiere. Yo quise, en mi juventud, ser tuberculoso. Se trata de una de las mayores frustraciones de mi vida. Pero, ya lo he dicho en alguna ocasión, me faltó talento. Durante años, imaginé que la tuberculosis era un ingrediente esencial para la escritura creativa. Siempre pensé que mis libros, si carecían de algo, era de eso: de las cavernas que provoca el bacilo de Koch. ¿Significaba que había llevado una vida falsa de escritor? No. Significaba que andaba enredado en un dilema inútil. No hay vidas falsas, ni siquiera la de los espías, que fingen ser esto y son lo otro, podrían calificarse de ese modo. La vida más falsa que quepa imaginar ha sido completamente verdadera. Un tipo que se haya pasado en la cárcel 60 de sus ochenta años de existencia ha vivido una vida tan verdadera como la de un piloto de líneas aéreas o un funcionario del Ministerio de Agricultura.

No hay manera, en fin, de falsificar una vida. ¿Que a uno le hubiera gustado ser actor en vez de técnico informático? Bueno, eso son construcciones mentales muy útiles para amargarnos los días y culpar a esto o a lo otro de nuestro destino, pero carece en absoluto de base real. Mi antiguo profesor de filosofía estaba convencido de que él, como su padre, había llevado una vida falsa, pues lo que le habría gustado es ser un rentista entregado a la escritura de La Crítica de la Razón Pura. A mí también me habría gustado ser rentista, pero de ninguna manera los rentistas llevan existencias más reales que las de los que tenemos que trabajar para comer. Cuando imaginamos que las cosas podrían haber sido de otro modo, estamos llevando a cabo un falso documental, como el de Jordi Évole con el 23 F. Magnífico, por cierto.