Un ex alto cargo de la lucha contra el crimen en el Reino Unido ha dicho en The Guardian que el Servicio Nacional de Salud (National Health Service) pierde el 7 por ciento de su presupuesto anual debido al fraude y a diversos errores financieros. La cantidad asciende a 7.000 millones de libras, unos 8.370 millones de euros. Total, nada del otro mundo.

El Gobierno, como es natural, no se ha reconocido en la denuncia. Habitualmente ningún gobierno suele hacerlo. Sus cifras son distintas; según las estadísticas oficiales, apenas 229 millones de euros fruto de recetas falsas de los pacientes y de las malas prácticas de los dentistas.

El ex alto funcionario, Jim Gee, que dirigió los servicios contra el fraude del NHS y que en la actualidad trabaja para la Universidad de Portsmouth, ha asegurado que si realmente las pérdidas se limitasen a esos 229 millones admitidos oficialmente el servicio de salud británico lo estaría haciendo treinta veces mejor que cualquier otro en el mundo, algo que, por otro lado, los propios usuarios de las prestaciones no parecen dispuestos a mantener. El Gobierno, según Gee, ignora con sus cifras las fugas que se están produciendo en las nóminas de Inglaterra, Gales y Escocia, y en las contrataciones y adquisiciones públicas, que es por donde se escapa, según las denuncias, la mayor parte del dinero. La atención médica es uno de los pilares del llamado Estado del Bienestar. Y, al mismo tiempo, en el Reino Unido, como en otros países, un saco sin fondo que amenaza con acabar con él. Igual que sucede con otro tipo de prácticas fraudulentas, la imposibilidad de combatir el delito como es debido nace en gran medida de la falta de recursos. En el Servicio Nacional de Salud británico hay 300 inspectores investigando los casos de fraude, un número que se considera insuficiente para neutralizar el saqueo de los fondos públicos. Se trata de una música conocida.

También lo es el modus operandi de los defraudadores. Nóminas falsas, contratos y adjudicaciones sin controlar debidamente, picaresca del paciente, ardides profesionales para zafarse de los impuestos y un continuo goteo de fraudes individuales. Productos médicos robados a la venta en eBay (bazar de internet), facultativos de cabecera que utilizan registros de los pacientes para obtener y tramitar recetas con que combatir la adicción a las drogas y de esa manera lucrarse, y dentistas que cobran por procedimientos innecesarios o trabajos que no han hecho.

El florilegio de la codicia es abundante. Los ingleses es posible que no inventaran la picaresca, no estoy seguro, pero en cuestiones que afectan a la esfera pública se aplican denodadamente a ella. El fraude al sistema de salud en el Reino Unido permanece emboscado, como la pertinaz bruma insular, en unas cifras que el Gobierno se resiste a admitir. La aceptación del problema no siempre encaja en la reducida cosmovisión de algunos políticos y así no hay forma de atajarlo.