En el pasado había en España partidos dinásticos, cuyo principal estandarte era la Corona, y otros que eran o antidinásticos o accidentalistas. A partir de la transición los grandes partidos y la mayoría de los pequeños son de hecho dinásticos, aunque no lo diga su credo explícito. Hay también una mayoría dinástica entre los medios de comunicación nacionales. Esa militancia dinástica de facto hace que a veces se pierda la ponderación, y hasta la vergüenza, a la hora de juzgar los hechos de la Corona, incluidos los que ya son hechos de la historia.

Tras su restauración práctica (1975) la Corona ha prestado un gran servicio a la democracia, al impulsar la transición; ha sido al menos muy imprudente en una secuencia que culmina el 23-F; y ha ayudado decisivamente a superar el golpe ya el 24-F. No es mal balance, desde luego, pero los balances hay que hacerlos sin ocultar ningún número.