A la altura de la cota mil del Valle de La Orotava me encontré con Asturias, con Cantabria, con Galicia, con el País Vasco y con los paisajes de la Navarra que desemboca en el Bidasoa. A todos ellos ya los había encontrado juntos hace años en un prado con manzanos en flor, cerca de la iglesia de San Andrés, durante una estancia que hice en El Hierro. Descubrí la Sierra Nevada granadina, y el alto Pirineo aragonés y catalán, en el invierno de la cumbre del Teide. Y los desiertos interiores, como el aragonés de los Monegros, o los costeros de Almería y Murcia, en Fuerteventura. Las palmeras de guarapo de La Gomera, que aquí se ordeñan como las vacas pero no por los bajos sino por las copas, me llevaron a Alicante y Valencia. Y con la forma en la que estas se disponen cerca de Chipude, con una piara de cochinos comiendo dátiles a los pies, llegué a las dehesas de Extremadura. Con los viñedos de Lanzarote, o con los del resto de las islas montañosas en donde el vino escala desde la playa hasta el monte, me encuentro en La Rioja; con los ya escasos trigales de las medianías, aunque sean en andenes minúsculos de nateros imposibles, con la versión bonsái de las infinitas mesetas castellanas. Con los olivos de Agüimes, o de Santa Lucía, en el sureste de Gran Canaria, me veo en Jaén o en Córdoba. Con sus almazaras, moliendo en régimen de maquila, con el mundo campesino de economías de trueque de tantos siglos. Y en los cosmopolitas centros comerciales de Santa Cruz, o de Las Palmas, me veo en Madrid, en Barcelona o en Nueva York. Todo el mundo cabe en Canarias, no solo la España peninsular que se acuerda de las islas cada hora y se olvida el resto del tiempo. Toda la geografía de mundo, y toda su historia también, caben superpuestas, entreveradas, en el archipiélago.

En el Instituto de Estudios Canarios escucho al profesor de economía Juan Sánchez hablar de la "alta diversidad de lo complejo" que caracteriza a estas tierras. Y hace años que leo los trabajos sobre los sistemas agroculturales vernáculos insulares que explican de forma sentida el geógrafo Fernando Sabaté o el maestro de geógrafos Leoncio Afonso.

La cantidad de información contenida por metro cuadrado en las islas Canarias es, desde luego, superior a cualquier otro lugar de la Península y una de las mayores del planeta. Pero eso, con ser ya de por sí extraordinario, no es sino parte de otra realidad que supera lo meramente biogeográfico pues las islas tienen en su dimensión histórica una continuidad que desborda, y explica también, las razones de tanta diversidad de lo complejo. Cualquier historia local de las islas es casi siempre una lección de historia universal. A través de apellidos adaptados de voces aborígenes sigo el rastro de los judíos que llegaron a las islas desde la península, escapando de la persecución cristiana. En Gueleica, La Gomera, encuentro un ejemplo de la agricultura de oasis que los árabes introdujeron hace más de mil años en el sureste peninsular y que luego se replicó en las islas. El otro día descubrí la historia de los hindúes, traídos a las islas por los británicos que jalonaron la ruta entre la metrópoli londinense y la India colonial con un rosario de pequeñas estructuras comerciales. Se marea uno con el vaivén de genes y gentes entre las islas y América. Me pierdo en las historias de librepensadores que recalaron en estas islas forzados por el destierro, en las de viajeros aventureros que tocaron tierra para explorar y se quedaron atrapados por la maraña de cosas por descubrir, o seducidos por un clima hecho a la medida del hombre que los atrajo para siempre como una fuerza magnética de naturaleza desconocida y de origen incierto. La ciencia debería reconocer que existe una nanogeografía canaria. Un lugar singular en el que la cantidad de información contenida por metro cuadrado tiende a aumentar con el paso del tiempo. Y ello debería ser asignatura troncal en las escuelas insulares. Además de un laboratorio sin igual para los que buceamos en la búsqueda de alianzas entre las complejidades del desarrollo local y las de la conservación patrimonial del territorio. A Canarias, que ya goza de importantes observatorios astronómicos, debería llegar el viajero con una lupa en el equipaje -o mejor aún, con un microscopio- para no perderse los soquitos donde se guarece la biodiversa historia de la humanidad, desde los tiempos de la prehistoria aborigen hasta la llegada de la última oleada de las nuevas oligarquías rusas. Las oportunidades futuras de estas tierras se encuentran también en saber concertar localmente, y sin pérdidas, toda esa complejidad que entrelaza la geografía y la historia. Y hacerlo sin perder de vista que la Humanidad tiene por reto recuperar la condición etimológica que la define como seres que viven con los pies en el suelo y tienen la cabeza en el aire de las nuevas ideas.