La algarabía de La Medina justifica que esta columna se construya con el maridaje lírico de forma y contenido, porque no hallamos la manera de convertir en narración (¿podríamos hablar de narraqués?) el sinfín de sensaciones que brotan ante el paseante que deambula en medio de tanta expresión vital. Solo la lluvia de un léxico deslavazado traduce un viaje a las proximidades de la Edad Media que el errante cronista recuerda haber visitado en añejos textos de academia: zoco, azafrán, tapiz, mezquita, babucha, desierto, chilaba, canela, cuero, té, bereber, riad, al-muacín, regateo, oración, bonete, velo, jaima, encantador-de-serpientes, La Mamounia, argán, cuscús, tintorero, forja, gandora, almorávide, azahar, califa, sultán, mosaico, madraza, tuno, tuareg, nómada, herrero, cuentacuentos, cobre, tajim, minarete, kilim, herboristería, hammam, artesano, jabón negro, masaje, asno, harira, foulard, tartana, chador, menta, horno colectivo, cordero, dromedario, índigo, gena, cedro, Atlas, farol, pieles, olivas, curtidor, wuisada, turbante, kaftán, cabra... En medio de este universo plural y colorista, que hierve febrilmente a todas las horas del día, cada tarde, tras la caída del sol, se aposenta rodeado de algunos amigos, en su tribuna del Café de la France, mirando hacia su pensamiento concentrado y a la vez al interminable espectáculo callejero, el autor de Macbara, la novela que por su verbosidad nos impresionó hace treinta y cuatro años. Juan Goytisolo dixit: "Tengo algunos amigos en las islas, donde estuve hace tres años. Soy amigo de Sánchez Robayna, que escribe versos excelentes y sus traducciones son admirables. Hay que ver lo que ha escrito teniendo la isla como telón de fondo: Cuaderno de las Islas. A ambos nos unió una estrecha relación con el recordado José Ángel Valente. Vengo aquí, a esta ciudad y a este lugar, desde hace más de cuarenta años y desde hace dieciocho mis estancias se han vuelto más prolongadas. Sin embargo, ahora ya no podría escribir una obra como Macbara, porque han desaparecido los narradores. He visto la evolución del tiempo. Todo esto, con los cuentacuentos se ha convertido en un campo temático para turistas. Yo ni siquiera tecleo los textos, sigo escribiendo a mano, estoy desconectado de Internet, vivo en otro mundo... Quien tiene imaginación propia no necesita de Internet". Tras esta confesión, cogida a vuela pluma, en un encuentro casualmente explorado, el paseante se diluye en la infinita algarabía de la plaza.